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Cómo me gustaría sentarme en un banco y esperarte comiendo golosinas —sin que me importara su valor calórico, ni reprocharme a mí mismo que, seguramente, esa es una mala manera de empezar la dieta que siempre digo que voy a empezar y nunca empiezo. Me gustaría que, mientras mis golosinas y yo te esperamos, comenzara a anochecer. Así, poquito a poco, ese extraño movimiento urbano que no significa sino despedida, hogar, fauna doméstica. Intentaría intercambiar miradas con todos ellos —vale, lo admito, puede que sólo con los que me resultaran atractivos— y sonreiría mientras me meto en la boca el enésimo corazón amelocotonado. Esta fantasía —mía, personal e intransferible— no podría existir sin un par o tres de skaters que, amén de reafirmarme en semejante fetiche, me harían recordar ese título que me ronda tanto por la cabeza, sin argumento alguno, de algo que pretendo escribir algún día. Consultaría el reloj a todas horas, aprovecharía para leer algún relato de Cortázar y pensar que en mi gesto también hay algo de fantástico escondido en lo cotidiano. Cotidiano como el punk preadolescente que me cruzo siempre que voy a buscarte al trabajo. Puede que él escupiera en el suelo después de echarme una mirada —porque, lo más fascinante del niñito es su tendencia voyeur—; y claro, el lapo ejercería sobre mí un efecto narcótico que me haría fantasear sobre el sabor de la lengua del preteen, para preguntarme después de dónde coño venía con un carro de la compra vacío. Te guardaría las últimas chucherías, me encendería un cigarro —que posiblemente habría robado a mis padres— y pensaría que estaría bien escribirte algo. Algo como que me gustaría sentarme en un banco y esperarte comiendo golosinas.

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