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Bebíamos cerveza y discutíamos tardíamente sobre el nuevo videoclip de Lady Gaga, Alejandro, dirigido por el fotógrafo Steve Klein. Yo era de los que defendía la existencia de un hilo narrativo—hiperfragmentado, eso sí; postmodernidad en estado puro—, y creía ver, a parte del clarísimo y creo que buscado homenaje a Madonna, una revisión del clásico de Bram Stoker, Drácula. Mostré, orgulloso, el fotograma en el que la Gaga enseña sus afilados colmillos al ejército de homoeróticos soldados con tendencias travestis. Mi discurso, entonces, se centró en la creación de puentes entre la história del no-vivo con el videoclip de la artista: símbolos religiosos, negación de Dios, el beato que deviene maligno… negociando el significado con el que yo decidía dotar a las imágenes. Si Coppola, en su adaptación de la novela de Stoker, hizo que Oldman clavara una espada en una cruz sangrante, Klein pidió a la Gaga que demostrara su deaptroaht con la ayuda de un rosario. Drácula reniega de Dios al descubrir a su esposa muerta, mientras que Klein declara que el clip trata sobre el deseo de una mujer de resucitar un amor muerto. A partir de la negación, ambos personajes construyen una identidad nueva, subversiva y al margen de la norma. Es aquí donde se pone en marcha lo que he dado en llamar el paradigma drácula, una suerte de ejercicio postidentitario. Podríamos entender aquí que la negación de Dios no es tanto una negación a la deidad, sino a las instituciones que, en su nombre, producen, gestionan y controlan la única identidad habitable—en la época en la que transcurre Drácula, la Iglesia se constituye como la única institución biopolítica. El paradigma drácula señalaría, pues, la necesidad de renegar y desafiar a aquellas instituciones que nos han impuesto cierto modo de vivir, de amar, de follar, con el fin de, desde la libertad —y el libertinaje— más absoluto, ser capaces de construir nuestra verdadera identidad. Negación, desafío y deconstrucción, sí. Cualquier identidad creada a partir de los cánones de la diferencia que emanan de esas instituciones de producción-control identitario, mal que nos pese, seguirán siendo un apretado corsé que, a pesar de venderse como liberador, nos atrapará todavía más en la maquinaria heterocentrada.

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