007

Mi cuerpo muere esta misma noche. Ahora, luego, hace un rato. Creo que es en estos momentos, que intento alcanzar con la yema de los dedos, hundiéndome en el colchón, con el ombligo rebosante de mi propio esperma, cuando entiendo, con una claridad cegadora, que el centro del mundo se encuentra en mi entrepierna. Cierro los ojos y siento como el deseo que acabo de escupir se disipa en busca de otros cuerpos a los que embriagar y sobre los que volcarse, enloquecedor, caliente, húmedo, voraz. El cosmos, infinito e inabarcable, parece haberse concentrado en la tensión que ahora se desvanece. Un minuto, tres horas, catorce segundos. Me chupo los dientes, mi propia lengua, sintiendo todavía el sabor de la lengua ajena que ha hurgado todos los recovecos de mi boca, buscando aquello que ansiaba ser encontrado. Mis músculos se enmarañan en un nudo apretado en los momentos de tensión última antes del orgasmo. Cuando el placer comienza a surcar mi organismo en busca de la explosión exponencial, siento que todo yo soy una gran masa uniforme, sanguinolenta, sudorosa, a punto de convertirme en encima poderosa de placer concentrado. Se separan las partes, se hunden los cimientos, devengo rompecabezas de imposible solución, un cuerpo anárquico, entrópico, ni masculino ni femenino, sólo me define la naturaleza productora y receptora de placer y deseo. Placer que se introduce separando suavemente mis nalgas pero envistiendo con fuerza, de una manera casi salvaje, que despedaza mis entrañas, desordena mi estructura, al encuentro de ese punto pringoso que producirá, no ya tanto una explosión, sino una implosión devastadora que, durante unos pocos segundos, me convertirá en el señor del universo, en el poseedor de la verdad más absoluta. Hoy, pasado mañana, tres semanas antes.

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