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Invierto gran parte de mi tiempo en escribir este extraño lenguaje en mi piel, de manera que él pueda descifrarlo, compartir conmigo esta pequeña muerte que acaba en nacimiento y, así, en el momento en el que nuestros cuerpos cercenados por la entropía busquen de nuevo su equilibrio casi anárquico, los dos organismos resultantes no sean ya independientes: que él llegue a respirar gracias a mis pulmones, que mi digestión no sea posible sino con sus tripas, que de nuestros cuerpos emerjan los latidos del corazón del contrario. Invierto mis energías de un modo ansioso, pues pretendo que esta parcela que siempre he considerado vetada para él, por la intimidad inherente que la define, abra sus puertas de par en par y haga las veces de salvavidas para una relación que, en demasiadas ocasiones, ha navegado a la deriva, dejándose embelesar por los voluptuosos cánticos de oscuras sirenas. Pretendo salvarnos, cueste lo que cueste, aunque deba quedarme sin rostro, aunque mis placeres más privados, que me dotaban de la fascinante capacidad de viajar cuerpo a cuerpo por sinuosos e inexplorados lares, ya no sea nunca más sólo mío, sino nuestro.

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