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André Bazin, en su libro ¿Qué es el cine?, dedica un capítulo al erotismo. A pesar de encontrarme con frases tan tremendamente ciertas como El super-ego de cada uno es un Mr. Hays que se ignora, Bazin se declara taxativamente en contra de la pornografía. Su defensa al erotismo se queda en la emoción de un acto cuya realización exige la intimidad. El autor calla justo a tiempo, puesto que sus cavilaciones le llevarían a defender las imágenes explicitas en pos de un cine completamente realista. Como siempre, los dispositivos público/privado aparecen como vara de medir respecto a lo que se puede o no se puede enseñar. Se aprueban leyes que sólo permiten imágenes pornográficas en los canales de televisión de pago y, paradójicamente, día tras día nos vemos bombardeados por imágenes violentas, crueles, indigestas que encuentran mecanismo de control alguno para ser emitidas. Supongo que esto responde a que la violencia pertenece al dispositivo público y se legitima como tal y la sexualidad siempre va a estar relegada a la intimidad de cada uno. Yo no me conformo con el erotismo: es hora de invertir los papeles, de hacer público lo privado, de quitarnos la ropa y lanzarnos a las calles y hacer de la imagen pornográfica un arma de destrucción masiva.

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