006


La Fuente, pieza ready-made de culto, del artista Marcel Duchamp, es un ejemplo de subversión del género gracias a un único gesto. Algunos críticos de arte han querido ver en este urinario un símbolo de sensualidad, un gesto obsceno, y, posiblemente, obscenidad sería la palabra adecuada para definir la rotación que Duchamp infringió a esta pieza. Es Beatriz Preciado, en su artículo Basura y género. Mear/cagar. Masculino/femenino, quien señala la arquitectura de los sanitarios como arquitecturas del género, siendo el urinario el espacio como una prótesis de la masculinidad, un espacio en el la genitalidad masculina es celebrada: un espacio abierto a la mirada colectiva en los que la identidad masculina es generada y legitimada en contraposición al espacio cerrado dispuesto para el ano, la deposición y el posible contacto homosexual. Preciado declara que el baño de caballeros es uno de los reductos públicos en el que los hombres pueden librarse a juegos de complicidad sexual bajo la apariencia de rituales de homosexualidad, deviniendo tecnología del género. Podríamos, a partir de aquí, inscribir el discurso de Preciado junto a la firma que aparece en el urinario de Duchamp, en su Fuente. Si aceptamos que estas piezas, normalmente instaladas en la pared, a la altura de la entrepierna masculina, actúan como arquitecturas de la masculinidad, Duchamp, al darle la vuelta, consciente o inconscientemente, está dando la vuelta al género, a lo masculino, a la celebración heterosexual, al echo un vistazo a tu polla pero sin mariconeos. La Fuente, entonces, pone en evidencia los mecanismos arquitectonico-sociales que construyen nuestra identidad, nuestra sexualidad y los espacios en los cuales es posible hacer gala de éstas. Mirad ahora vuestra sexualidad y vuestras pollas, vuestra sexualidad nunca volverá a ser lo que era, puesto que la arquitectura en la que os basáis para construirla se ha visto deformada, parece decirnos el urinario. Y Duchamp, en un segundo gesto sublime, decide manufacturar su arte, crear en serie un número determinado de «fuentes»: si antes la creación de la identidad heterosexual respondía a la lógica fordista, es la subversión de ésta lo que comienza a producirse en cadena. Pierre Pinoncelli, provocador artista, no hizo más que evidenciar hasta el extremo el gesto de Duchamp, primero meándose en La Fuente como intento último de mantener este dispositivo intacto, y, años después, destruyéndolo a martillazo limpio, eliminando la amenaza. No contaba con que, de la misma manera que los servicios de caballeros y sus urinarios, infestan la geografía urbana, una nueva Fuente, creada por las mismas manos que crearon la primera, le estaría esperando en otro punto del globo.

No hay comentarios: