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Mi ano es el protagonista, no yo. Mi ano, ese órgano que guardo con tanto recelo durante las horas del día y que expongo públicamente por la noche, en cualquier soporte, y garantizar así su supremacía corporal por encima del resto de mi cuerpo. Las páginas de Terror anal, epílogo glorioso de Beatriz Preciado al libro El deseo homosexual de Guy Hocquenghem, se deslizan entre mis dedos mientras espero. Espero. Espero. Espero. Hay cierta penumbra en esta zona del hospital. No hay ventanas, ni un mísero ventanuco, sólo un par de bombillas que desprenden una intensa luz amarilla. Y luego está el olor, claro, el asfixiante olor a hospital. Un zulo de cuerpos enfermos, tarados, defectuosos, en busca de una droga milagrosa y legal que haga la vida más soportable. Érase una vez el ano. Me encuentro rodeado de ancianas cotillas —algunas de ellas necesitan utilizar bastones, andadores…hay algo en las piernas de las ancianas que siempre me ha turbado—, sus respectivos maridos, cuyo lenguaje no verbal demuestran su superioridad, el que tiene la polla soy yo, por eso tengo el mando a pesar de que su polla ya no pueda levantarse de manera natural, sus garantías de poder han devenido pastillita azul. Nombres que no son el mío se van sucediendo, mi ano comienza a ponerse nervioso y mis ojos recorren ávidamente las páginas del libro que tengo sobre mi regazo. Me siento analmente conmovido, no por su nerviosismo, que es secundario, sino porque sé que, cuando la enfermera pronuncie mi nombre, cuando, por fin, consiga entrar en la consulta, sólo podré comunicarme gracias al lenguaje anal. Será mi ano y no yo, el verdadero protagonista. Porque no basta haber tenido el ano abierto. Es necesario seguir haciendo de él un campo relacional.
Si la sala de espera me había parecido un zulo, la consulta, dividida en cuatro espacios diferenciados, se me presenta como una prisión corporal a pequeña escala. Me bajo los pantalones, los calzoncillos, pregunto si he de ponerme a cuatro patas y dejar a la doctora vía libre, ano despejado. Al final me tumbo de lado y, mientras la enfermera me separa las nalgas con decisión, la doctora comienza a manipular mi ano sin compasión. Fisting médico. Me avisa: lo que va a suceder a continuación, puede que no sea muy agradable. Me la imagino armada con un soplete, el ano me arde como si le estuvieran sopleteando sin piedad. Me declaro como ano y como trabajador del culo. Terror anal. Pornografía contra-sexual, porque ésta no puede ser sino anal, no puede sino desplazar los genitales y encontrar otras prótesis, orgánicas o no, en la manipulación del ano convertido en centro de placer. Fisting médico, S/M hospitalario. Duele a rabiar. Siento las uñas de la enfermera clavándose en la blanca piel de mi culo. La doctora me introduce una gasa con ungüento calmante, me explica que mi ano se revela ante ella, que tendrá que derivarme al proctólogo, instancia superior en cuanto a control anal se refiere. El ano es un biopuerto […] de inserción a través del que un cuerpo queda abierto y expuesto a otro u otros, leo de camino a casa. Colectiviza tu ano. El arma es modesta, pero la posibilidad de acción cercana e infinita.

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