018


Damien Crosse —cuerpo codiciable— y Francesco D’Macho, pareja de pornstars afincada en Madrid, a finales de 2008, pusieron en marcha una productora de porno, virtual e independiente que bautizaron como Stag Homme Studios. Crosse, en su blog, promete que Stag Homme producirá sexo sin guión, real, explícito y personal además de contenidos más creativos. No sorprende que el nombre de esta productora recuerde explícitamente a los stag films, cine mudo, pornografía primitiva, que reunía a un puñado de hombres para su consumo, es decir, el visionado de porno no era privado sino colectivo, que como apunta Preciado (Pornotopia, 2010) subraya que los hombres heterosexuales no necesitaban a las mujeres para pasarlo bien y que, incluso, lo pasaban mejor sin ellas. Aún más, en estos films ya se dibujaba la línea del más puro desinterés por el placer de la mujer (Williams, 1989). Al parecer, lo que quieren mostrarnos Crosse y D’Macho de manera inconsciente es que aquellos hombres que decidían reunirse para masturbarse en colectividad, han prescindido del todo de las mujeres y se han lanzado a crear su propia pornografía: el homoerotismo ha dado paso a sexo marica en estado puro, ya no es necesario fingir. La subjetividad stag de la que habla Preciado parece haber virado irremediablemente. La autora apunta que esta subjetividad ciervo fue desplazada por la era Playboy, que instauró nuevas formas de entender la masculinidad, la heterosexualidad y la soltería. Hefner, sin quererlo, puso en libertad al ciervo que aprendió, de nuevo, a ser salvaje. Casualidad o no, el periplo de Crosse como actor porno comenzó en piezas straight-goes-gay, haciéndose pajas y experimentando supuestas primeras penetraciones. Ahora Crosse, felizmente casado con D’Macho, ofrece no tan sólo cortos de ficción pornográfica, sino que crea todo un dispositivo audiovisual de una nueva subjetividad stag: piezas documentales de las aventuras de la pareja alrededor del mundo, un ilusorio acercamiento del mundo del porno mainstream al espectador a través de entrevistas y otros contenidos behind the camera, incluso reciben con las piernas abiertas a nuevos heteros curiosos dispuestos a experimentar bajo la promesa de no mostrar sus rostros. Previo pago, cualquiera puede encontrar las claves de un nuevo modo de vida pornográfico: modos, formas y lugares que cualquiera puede llegar a emular y vivir así una nueva identidad homosexual, un nuevo porno-yo marica. Sin embargo, hay algo en la actitud de estos dos pornstars que me inquieta y fascina al mismo tiempo. Esta apropiación de la filosofía stag —que podría ser meramente nominal— podría llevarnos a plantear cómo cualquier proceso, cualquier dispositivo puede ser desvirtuado, deformado hasta conseguir dejarlo en evidencia. El ciervo que antes se las daba de machito ahora ha convertido su ano en un espacio público y se ríe de la fobia que el sujeto playboy tenía al matrimonio, puesto que, a través de Crosse y D’Macho demuestra que tal institución también puede ser subvertida y sometida a un nuevo reglamento. El conejo dejó al ciervo en un segundo plano. Quizás ahora estamos siendo testigos de la venganza del ciervo, que ha tenido el tiempo y el espacio para crear una subjetividad alternativa sin dar cuentas a nadie, puesto que el desplazamiento que sufrió le desterró a la periferia, esa que nadie quiere visitar y a la que nadie pide explicación alguna. Puede que yo mismo esté cayendo en la trampa de esta nueva subjetividad stag y en todo el dispositivo que le rodea, o puede que confunda todas estas reflexiones de bar con el simple hecho de que Damien Crosse me pone demasiado cachondo.

1 comentario:

Ferdinand G dijo...

Efectivamente, Crosse rompe cada uno de los tabúes, de los límites que surgen a su paso, pero quizá detrás de todo ello, como en la vida misma, haya menos filosofía y más showbusiness. El “jovencito que experimenta ocasionalmente” acaba, a golpe de billete, siendo un auténtico slut profesionalizado que rentabiliza su intercambio de flujos en capítulos donode cada vez va más lejos, donde cada vez se avergüenza menos y traga más. O puede que al final todo sea más sencillo, que todo derive del hecho que sí, que Damien Crosse me ponga demasiado cachondo.