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Me gritas. Me confiesas tus pecados. Las lágrimas te cortan las mejillas mientras intentas deshacer el nudo que ata tu lengua. Chupas todas y cada una de las plabras, cada uno de los sonidos, que salen de tu boca. Confiesas, sí, pero no buscas mi perdón. Quieres herirme, demostrarme que tú también tienes secretos, obsesiones y filias de necesario cumplimiento. Yo te escucho. Tu desatas, yo ato. Es un acto de rebeldía: el orgullo me quema la piel. Ni tan siquiera puedo librarme de esta absurda privacidad intransferible emborronando mi cuaderno: no fluyen las palabaras, se hilan de manera absurda e inconexa. Tus pecados son los míos, mis pecados son los tuyos, Mientras tu dedo acusador me señala, me pregunto a qué debe saber su saliva ahora mismo. No hay discusión sin erección furtiva, que intento ocultar adoptando la posición adecuada en este sillón de falsa piel negra. Te digo que no quiero tener secretos: quiero desnudarme ante ti y convertir en público lo que antes velaba con tanto empeño. Tus gritos rebientan mi sistema nervioso, lo transforman. La sangre se acumula en mi entrepierna. No hay contraataque posible, sólo rendición, declararme tuyo, a tu merced. Tus gritos y confesiones sólo demuestran que vamos por le buen camino. Recojo tus lágrimas con mi lengua desatada.

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