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Pero entonces no sería mi vida, o puede que sí, o cuándo. Escucho, releo, palabra por palabra, caracter por caracter. Me bebo imágenes prestadas, levanto mi copa, pido un brindis. Una lluvia dorada por aquí, una raya de coca por alla, un polvo en los lavabos. Todo tan a quemarropa, o cómo. Me observo desde fuera, tan alejado de semejantes relatos, que se pasean ante mis ojos, señalándome con sus dedos largos y huesudos impregnados de esmegma ajeno. Si pudiera alcanzarlos, si quiera rozarlos, o por qué. No sería mi vida, no hay dudas al respecto, nulas posibilidades. A veces lo anhelo, bebérmelo todo de un trago, disparar a bocajarro, sentir como la hoja del cuchillo penetra la piel, choca con el hueso. La arcada de la envidia comienza a arañarme la garganta. No por los hechos concretos, que podría o no llevar a cabo —pero ya no sería mi vida—, sino por el instinto kamikaze que, por naturaleza, es valiente y suicida al mismo tiempo, o quizás.

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