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Créeme, estoy intentando redefinir los contornos de mi intimidad, de aquello que llamamos íntimo — lo más interior o interno, que diría la sra. rae. Porque no sé muy bien cómo relacionarme con un concepto tan oscuro, tan variable, tan maleable. El eterno problema de la vida púbica vs. la vida privada. Mi instinto voyeur en colisión con mi instinto exhibicionista. Admitámoslo —lo admito, lo admito—, siempre he tenido mucho más desarrollado el primero que el segundo, que ambos sabemos que siempre he sido muy receloso de ese espacio tan interior, tan interno, y no siempre he conseguido sacarlo a relucir sin caer en el cripticismo, en esa serie de imágenes, de frases propias o prestadas que, si bien podrían tener sentido por sí mismas, evocan un sentimiento, una vivencia que sólo yo soy capaz de descifrar. Velo mintimidad al mismo tiempo que intento revelarla. ¿Qué hacer con tanta humedad? Hablaba el otro día con un desconocido sobre el arte autorreferencial y de esos artistillas que, a causa de exponerse, de querer dar su visión del mundo a través de lo que ellos llaman su arte, acaban pensando que son los ombligos del mundo y no saben hablar de nada que no sea de ellos mismo. Lo sé, lo sé, sé que al exponer mi intimidad obligatoriamente estoy exponiendo la de aquellas personas que me rodean, pues ellas me incitan al sentimiento, al llanto, a la corrida, al odio... ¿Dónde cojones queda el equilibrio? ¿Dónde? Sigo buscando, sigo encriptando mis mensajes.

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