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Con un vértigo tal. Así me doy cuenta, no hay otro modo posible: con un vértigo tal me encuentro a mi mismo encerrado en el papel de narrador eterno y no hay otro, pues éste parece hecho a medida, pues alcanza el diámetro de mis otros disfraces. Narrador, al fin y al cabo, y sin poder ser nada más, sin poder cruzar esa frontera que se levanta a pocos metros y que resulta infranqueable. Aquí es donde me quedo, vestido con semejantes galas. Y es que no encuentro otra manera de hilar estas palabras si no es a través de este traje, capaz de escoger, de aquí y de allá, aquellos hilos con los que tejer estas ficciones que convierto en dietario. Narrar de tal o cuál manera, cambiando comas y acentos y puntos y caracteres, deformándolo todo como arquitecto enloquecido, cuyas propias creaciones, rectangulares u ovaladas, le han arrastrado al desquicie. Y es entonces, por lo tanto, cuando caigo en el hecho de que jamás llegaré a ser del todo, pues el narrador puede estar aquí o en ningún sitio, quizá unas calles más abajo, pero siempre tan escurridizo. Y no me queda otra que seguir narrando aún de forma tan intermitente, tan laxa, tan de ponte algo que hace frío. Y sí, la respuesta siempre será sí. Escribo sobre ti, es cierto... y sobre ti, y sobre ti, y sobre ti. La sala se está empezando a llenar de gente y qué hago yo con tanto ruido. Pero siempre el asiento reservado, aquí en primera fila, justo delante de mí, como esperando, como ausente. Puertas que se abren, ventanas que se cierran y el asiento vacío y el ahora ya comienza todo justo cuando creo que ya ha llegado a su fin. Miren para otro lado, voy a empezar a narrar, voy a quitarme la ropa.

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