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Podríamos querer buscarle, algo así como a vista de pájaro, completamente cenital. Sería lícito, por supuesto, pues siempre sucede que se contonea un nombre en nuestra memoria. Eso sí, colocando un interrogante que podría ser leído en ocasiones como melancolía, en otros casos simple curiosidad futil. Podríamos querer buscarle y no nos resultaría difícil encontrarle, pues nos garantizan que no se mueve demasiado, no se viste con pantalones con bolsillos donde poder esconderse, ni se recorta la barba como podría haberlo hecho unas semanas atrás. Le encontraríamos partido en dos a causa de un dolor que le habría atrapado antes del contoneo, del interrogante, quizás mucho antes. Ese dolor, digámoslo sin rodeos, emerge como goteo constante de su orificio más abyecto, ese orificio que, paradójicamente, nos hace iguales, debería, ante dios y ante la ley, contenedor de mierda o de placer según caigan las agujas del reloj de pulsera que nunca lleva. Ahora orificio rebelado, herramiento dentada convertida en verdugo, cual dominatrix pasada de tuerca. Veríamos su cuerpo retorcido, tapado con mil mantas, evitando, podría ser, los escalofríos que vicían el aire que respira que quieren caer como proyectiles sobre su espalda a cada punzada de dolor. No crees que es hora de concederme una tregua, preguntaría él a duras penas, entornando los ojos, apretándose las manos, metiéndose en la boca el enésimo calmante químico, dando el enésimo sorbo a la de taza de infusiones naturales. El abyecto orificio respondería con una nueva dentellada que él se empeñaría en tapar con una gasa de algodón esterilizado que el primero se encargaría de empapar de una viscosidad hasta ahora desconocida, manteniéndolo siempre húmedo. No somos capaces de dilucidar, pues hasta nosotros, mal que nos pese, tenemos nuestras limitaciones, cuándo fue que comenzó esta guerra, esta revuelta, este o tú o yo, cuando antes él hubiera afirmado que precisamente allí donde el perineo ancla dos banderas blancas de su constante batalla con su propio cuerpo era zona de reposo, descanso, orgasmo indecible y poderoso. Ahora sólo encontramos dolor, y ese retorcerse, esa supuración, ese semáforo en rojo.

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