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Pero no dio la vuelta. Al contrario, abrió la puerta del taxi y sintió esa bofetada helada, la gelidez de las horas que preceden al alba. Se ajustó la bufanda al cuello —bufanda que compró contigo, o al menos eso crees recordar— y se convenció a sí mismo de que si empezaba a temblar culparía al frío y no al alud negro que os había aplastado. No dio la vuelta, bien lo sabes tú, que esperaste durante diez largos minutos a que apareciera con el corazón compungido. Pero no lo hizo, sino que abrió la puerta del taxi y se ajustó la bufanda al cuello. Es cierto que hubo cierta vacilación al coger el tirador, un ¿olería la bufanda a ti? Es imposible saberlo, pues si acercó la nariz a la prenda, lo hizo de manera tan sutil y distraída que ni el ojo más avispado hubiese llegado a verlo. Fue en ese momento, en el que él se negó a temblar, que tú te levantaste del suelo, casi tambaleándote, te sonaste la nariz, dispuesto a volver a casa. Ya te estabas alejando, paso a paso, rompiendo el silencio de las calles desiertas con un casi sollozo contenido. Convencido de que él había abierto la puerta del taxi, que ni siquiera se había molestado en voltear la mirada. Tú sí que temblabas. Y él por fin el calor, y deshacerse de la bufanda, que nadie sabe si olería a ti, y el cuerpo que le esperaba. Y ya no hay más, hasta aquí. Tú volviste solo, llorando durante las catorce horas que siguieron, preguntándote qué hubiera pasado si en vez de abrir la puerta del taxi, hubiera decidido dar la vuelta. Pero de nada sirve.

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