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Siento que todo se desmorona: el cielo, mi casa, yo mismo. Y sin embargo sé que nada de eso es cierto, que el cielo se va a quedar quietecito ahí donde está. Pero queda poético a la par que dramático escribir siento que todo se desmorona, como si intentara transcribir todo lo que me pasa por la cabeza, lo que pienso y lo que siento. No intento engañar a nadie, pues es obvio que en muchísimas ocasiones tergiverso mi constante verborrea mental, a veces a mi favor, a veces en mi contra, y lo hago por las mismas razones por las que escribo siento que todo se desmorona. Leo: "Estamos todos tan acojonados de decir lo que sentimos, de hacer públicas nuestras miserias y nuestros deseos, como si fueran tan especiales. Odio el término vida privada, preservar la intimidad, bla bla bla". En otro párrafo, que no encuentro, pero aque está ahí, X. le pide que no escriba sobre él, sobre algo que les acaba de suceder a ambos, o que acaban de decir, pero ella lo escribe, supongo, en un intento de coherencia con ella misma. Exponerse de tal modo tiene sus riesgos, pues no todo el mundo va a ver tus palabras como lo que son, palabras —sin contar, claro está, a los que directamente no les interesa nada de lo que tengas o puedas decir. Y a pesar de todo, de aborrecer la autocensura, de prometerme no acojonarme a la hora de explicar lo que siento, hay cosas que puedo llegar a entender, aún sin que me las digan. Así que desato a mi musa, la que durante años ha escupido la inspiración en mis labios, y dejo que se marche y me abandone, intentando no sentir rencor alguno. Cojo otro libro del estante y leo: "Yo me esperaba un apocalipsis. ¿Qué iba a suceder? No quería ni imaginarlo. Lo cierto es que no pasó nada: el teléfono no volvió a sonar. Como transición, no supuso un gran cambio".

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