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Ella lo explicó así, de manera que a mis oídos pareciera sencillísimo. Repitió por tercera vez un seguido de calles, avenidas, cruces, glorietas, que yo, a falta de papel y bolí, apuntaba mentalmente. Tenía la extraña sensación de que cada repetición hacía sufrir ciertas variaciones en el itinerario y, allí donde yo había escuchado izquierda, ahora fuera derecha, y aquella calle cuyo nombre me había parecido gracioso como poco, ahora había desaparecido y había sido substituida por otra. A pesar de estos cambios mínimos —pero cruciales—, la manera en la que ella hilaba las palabras, insisto, me hacía creer que el itinerario que debía seguir era de lo más sencillo. Sólo hice que volviera a repetirlo una cuarta vez, aún a riesgo de crispar sus nervios, para asegurarme de que las variaciones que me parecía haber descubierto eran reales y no sólo errores de mi capacidad de fijación mental. En efecto, volví a encontrar ciertas incongruencias pero, por mi propio bien, decidí recordar tan solo este recorrido último, ignorando los anteriores. Me dijo que todo sería más fácil si pudiera dibujarme un plano en cuatro líneas, que no tenía pérdida. Pero ni plano, ni papel, ni bolígrafo, sólo la esperanza de que mi memoria no me jugara una mala pasada. Así que, horas antes de mi paseo, mi única opción fue repetir una tras otra las indicaciones que ella me había dado. No negaré que ya en ese ensayo general comencé a tener mis dudas, pues no conseguía recordar si venia antes la calle tal o la avenida cual, pero me parecieron dudas insignificantes, pues mis propios pasos las resolverían, pues encontraría primero una cosa u otra. Pero quizás. Quizás la glorieta pertenecía al primer itinerario y no al cuarto, que era el que yo había decidido recordar. ¿Formaba parte la glorieta del itinerario final? ¿Había sufrido variaciones? Sólo tenía que girar la tercera a la derecha, al final de la calle, una de dos, o me encontraba la glorieta o no, y luego a la izquierda hasta llegar a una fuente sin agua, o puede que fuera a la derecha, o, puestos a dudar, puede que lo único que debiera hacer era rodear la glorieta y seguir bajando la calle. Debía tener cuidado, me había advertido, con uno de los cruces, pues eran cinco las calles que allí se encontraban, formando un gran asterisco urbano, e indicaciones como izquierda o derecha podían parecer confusos. Si la memoria no me fallaba, debía avanzar por la calle más estrecha, o la segunda más estrecha, pues creía recordar que ella me había dicho que desconfiaba de la estrechez de la primera calle que, aunque iba directa a mi destino, desconfiar de ella era siempre la mejor opción. Sí, seguro que era la segunda más estrecha, porque yo le había preguntado si la más estrecha era, además, la más peligrosa, a lo que ella había respondido que no, que sólo era demasiado estrecha y nunca sabías si, al cruzarte con alguien, deberías echar mano de tus dotes de contorsionista amateur. Por lo tanto, caminar por una calle estrecha, la segunda, no la primera, hasta un gran colmado que no era exactamente un colmado sino una tienda de congelados que vendía, además, otro tipo de productos, o al revés. Aunque también podría ser que ni lo uno ni lo otro y al final de la sugunda calle estrecha se encontrara la libreria a la que se había empeñado en llevarme una tarde de verano. Si era así, ¿en qué punto debía encontrar el colmado que no era colmado sino tienda de congelados? Podría ser, porque con la mente nunca se sabe, que la anécdota del colmado la hubiera añadido yo de manera deliberada, que las tiendas de congelados siempre han producido en mi cierta fascinación, ya sabes por qué. Así que ignoré el colmado o tienda de congelados o lo que fuera y me centré en la librería. Al llegar a tal librería, bajar por un gran paseo, o quizás subir hasta la glorieta. No, porque la glorieta ya debería haber aparecido, rodeándola para seguir calle abajo, o quizás la fuente sin agua, o no, porque llegarían los congelados que vendían otro tipo de productos, o de nuevo la calle estrecha y el contorsionismo. Ella lo había explicado así. Decidí llamarla justo antes de salir, cancelar nuestra cita fingiendo haber sido atacado por una fuerte migraña. Ella se mostró triste, ¡con lo sencillo que era!

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