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Era como una pequeña tienda de ropa, todo a escala. Dos únicos estantes y una burra de tamaño medio. Me imaginaba la misma talla repitiéndose una y otra vez; todo S, quizás alguna M. Claro está, alguna prenda oversize se habría colado entre tanta pequeñez. Yo estaba estirado en la cama todavía hecha, intentando luchar contra el frío de aquel habitáculo minúsculo. No recuerdo bien qué haciamos en la habiación, pues el plan era otro. Y espera el tiempo suficiente, mientras la película de los noventa avanza, para apoyar la cabeza en su hombro, sin estar del todo convencido que él no vaya a rechazarle. Inspira hasta llenarse los pulmones del olor a colonia que desprende su sudadera. No hay rechazo y aún se atreve a cogerle el brazo y rodear sus espaldas con él y se olvida de la cerveza pues con el olor ya siente el mareo que es casi vértigo. Le dije que apostaba todo el dinero que tenía en los bolsillos, que no era mucho, a que todo estaba ordenado siguiendo algún tipo de criterio. Me sonrió burlonamente, aún sin mirarme a los ojos más tiempo del estrictamente necesario. Ganaba yo, claro. Primero las camisetas de tirantes, luego los polos seguidos de las camisetas básicas, que daban paso a las que tenían algún tipo de motivo en la pechera, acabando la primera balda con las camisas de manga corta y los jerseis. Si se hubiera parado a pensarlo no lo hubiera hecho, pero aquella noche actuaba siguiendo sus impulsos, cansado de darle tantas vueltas a todo, así que aprovecha algún comentario inocente sobre el frío de la sala, contra el que la pequeña y antigua estufa poco puede hacer, para mostrarle lo frías que tiene las manos. Excusa suficiente para que, después de que él se cerciore de lo helado de las palmas y las falanges, no le importe que pase largo rato intentando equilibrar el frío de unas con el calor de las otras. Me señaló el estante de arriba, donde aún quedaba algún jersei, camisas de manga larga y pantalones de todo tipo. Todas las prendas estaban dobladas con pulcritud y los diferentes montoncitos textiles guardaban una altura similar, casi simétrica. Había más ropa de la que yo había tenido jamás. Le pregunté por la burra: chaquetas, cardigans, sudaderas, bufandas... todo lo que no pertenecía a ninguna de las etiquetas anteriores. Sentí cierta envidia y la tentación de ponerme a hurgar y estudiar cada prenda con detenimiento, incluso robar alguna aún sabiendo que todo me iría pequeño. Y aún sí vuelve a intentarlo, pues las ganas de besarle le parecen imposibles de contener. Sabe por sus caricias que el beso acabará por aparecer antes o después, negarlo supondría un absurdo. Por eso lo vuelve a intentar, notando como le aprieta contra su cuerpo. Y el olor y el calor y la película que avanza pero que ya no suscita interés alguno. Sólo concentrado en su cuerpo, en buscar el calor de sus labios y de su saliva que, con el tiempo y la distancia, ha llegado a olvidar. Refugiarse del frío en su boca, eso es lo que quiere. Aunque no me pondría algunas de las pendras que veía. Puede que parte de la envidia que sentía fuera por eso, por no poder ponerme algunas de las pendra porque, amén de no caberme, sentiría que voy disfrazado. Si bien es verdad que, dada mi incapacidad de combinatoria coherente de colores, muchas veces iba disfrazado igualmente, así que, al menos, hacerlo con estilo. Y por fin siente el calor, todavía con una timidez sazonada con pequeñas sonrisas, algo como no me puedo creer que por fin esté pasanado. Era como una pequeña tienda de ropa. Me hubiera quedado allí para siempre, mientras él me explicaba donde había comprado ésto o aquelllo. Se habría quedado allí siempre, resguardado del frío dentro de su boca.

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