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La cita no fue ni bien ni mal, simplemente no hubo cita. Y aún así. Y que yo no creo en los malos augurios, ni en señales, ni en nada que se le parezca, pero qué sé yo. Bajaba casi sin ganas, apenas había dormido tres horas y, en más de veinte ocasiones, pensé en cancelar el encuentro, porque quién me manda a mi meterme en semejantes embrollos, cuando me pongo tan nervioso, y rozo lo incoherente y no sirve de nada. Y que me dije a mí mismo que no volvería a tener un encuentro así, pero fíjate que pensé que así ejercitaba mi valentía y mis ganas de no inventar sino de experimentar las cosas para luego escribir sobre ellas. Precisamente el arte como algo necesariamente autorreferencial era uno de los temas que apunté en mi lista mental en caso de silencio incómodo. Pensé en cancelar la cita una veintena de veces pero no lo hice, y bajaba pausadamente, paso a pasito, aguantándome el frío, porque él me acababa de decir que llegaría tarde, con lo poco que a mí me gusta esperar y más con este tiempo. Y qué hago yo aquí, que yo debería estar volviendo a casa y que todo esto no es más que absurdo. Pero no. Una única calle, un último cruce que me separaba del punto de encuentro. Semáforo en rojo, parada obligatoria. Y el indigente que empieza a cruzar intentando sortear los coches y el gritito de la chica excesivamente bajita y yo pensando ahora viene cuando le atropellan. Bocinas, la chica tapándose los ojos y el indigente sorteando coches como si tal cosa, como si en tres ocasiones no hubiera estado a punto de ser embestido por un coche circulando a velocidad excesiva dentro del casco urbano. Pero el indigente consiguió cruzar la ancha calle de una sola pieza y creo que todos respiramos un poco más tranquilos. Y sin embargo allí estaba. El mal augurio, el definitivamente esto no es una buena idea. Pero yo estaba allí, en el sitio en el que habíamos quedado, fumando el enésimo cigarrillo del día. Me di cuenta que había escogido esa esquina y no cualquiera de las otras tres de manera aleatoria, pues habíamos quedado en el cruce de ambas calles, no en un punto en concreto. Claro estaba, visto lo visto, que lo más probable era que él me estuviera esperando en otro lado, confirmando lo que ya era un secreto a voces. Efectivamente, a mi mensajes estoy aquí él respondió con un estoy allá. Quizás aún estaba a tiempo de cancelarlo todo, de volver a casa por fin y meterme en la cama y acabar con el sueño que me había perseguido durante todo el día. Pero, ante todo, elegancia. Total, sólo un par de cervezas y me voy, hablando de arte, de la vida y de las flores y de uff que frío estos días. Así que fui a su encuentro. Sólo una silueta a lo lejos, mira en derredor. Yo tensando todos mis músculos. Era él, tercera dimensión adquirida, él, al fin y al cabo. Cuando me vio, se tocaba los labios. Era él sin ser él, pues el chico que tenía delante nada tenía que ver con la imagen que yo me había hecho y me estrechaba la mano amistosamente. Y en cinco minutos, tan solo cinco minutos, ya me había olvidado de que pretendía cancelar el encuentro, como veinte veces, del frío, del indigente, del yo aquí él allá. Sólo cinco minutos en los que él movio mucho los brazos, como de manera nerviosa, y yo me fijaba en la pequeña cicatriz en el puente de la nariz o quizás en otro sitio. Pensaba en la cerveza, en tenerle delante, en escucharle hablar. Sólo en cinco minutos. Pero a los diez el jarro de agua fría y el indigente que vuelve a mi mente y en los malos augurios. Y la cita se acabó ahí mismo y yo ya lo sabía. Le escuché hablar con su hermano durante veinte minutos —como las veces que yo había pensado en cancelar la cita. No escuché toda la conversación, no sólo porque él iba y venía, alejándose y acercándose, sino porque por su rostro entendía sin saber qué había que entender. Así que la cita no fue ni bien ni mal, simplemente no hubo cita. Y aún así creo que le conozco más que si nos hubieramos ido de cervezas, desde una perspectiva más profunda. Y que puede que no me vuelva a llamar nunca, pero quiera o no quiera me he llevado un pedacito suyo conmigo, y eso, por así decirlo, nos une de algún modo extraño.

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