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El gesto violento como último intento de inútil defensa: le lanzo un zapato a la cabeza, pero no parece hacerle daño alguno. Él se rie, me devuelve la hostia y abandona la sala con una gran sonrisa en la cara. En estos últimos días del año no he dejado de soñar con humillaciones de las que soy víctima, supongo que como eco de las que sufro cuando tengo los ojos abiertos, de la perdida de dignidad que supone hacer esto o aquello, escribir tal o cual cosa: me humillas tú y yo le pongo el rizo humillándome a mí mismo.

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