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Me acordé demasiado tarde, cuando ya había salido de su casa y había empezado a llover, justo después de encenderme un cigarrillo con el mechero de recambio. El mío se habría perdido en algún punto indeterminado de su habitación cuando me quitó los pantalones. Con la primera calada me toqué la parte derecha de la cara, casi un reflejo. Fue el tacto lo que me hizo recordar. No me explicaba cómo podía haber olvidado semejante cosa: puede que porque habíamos dormitado una hora sin apenas darnos cuenta cuando de pronto las agujas del reloj se me clavaron en los ojos y nos tuvimos que vestir corriendo. Así que el tacto y después el recuerdo. Me avi a mi mismo con una gran mancha blanquecina cubriéndome la sien derecha, culebreando hasta mi mejilla. Pensé en la pequeña toalla verde que él me había psado con la cara, suavemente. Ojalá hubiera sido suficiente. Pero yo debía haberme acordado, lavarme la cara antes del beso final y esa tonta espera de una futura llamada para un segundo —tercer— encuentro. Pero no me la lavé y ahora me pasaba los dedos por la cara intentando encontr alguna zona más rugosa, más áspera, que indicara que allí había algo más que mi dermis. En una primera exploración, las yemas de mis dedos no encontraron nada, pero y si. De momento, la oscuridad de la noche me protegía. Luego el metro, con su luz blanquísima, rebotando sobre las pequeñas manchas que podrían haberme quedado. Me reí entre dos caladas, atragantándome, tosiendo un poco, pues debería estar haciendo recuento de lo que había dado de si la reunión, decidiendo mentalmente si quería o no volver a verle —esto último en caso de que él también quisiera, por suepuesto—, y no tocándome la cara, de la manera más disimulada de la que era capaz, en busca de costras blanquecinas que quitarme con la ayuda del dedo índice. La vida está hecha de prioridades y en ese momento era hacer todo lo posible para no pasearme con la cara manchada de fluidos ajenos. Una vez superara eso, ya podría pensar en su forma de mover las manos, en sus besos, en su manera de quedarse dormido en mi hombro sin en realidad quererlo. Paso a paso.

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