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Te escribo el relato que querías que escribiera, ahora que duermes a mi lado, acariciándome el costado, de manera casi inconsciente mientras yo intento penetrar tu cráneo con mis dedos, suavemente, para poder llegar a tocar tus pensamientos y descubrir qué se esconde detrás de tu mirada misteriosa, que ahora descansa. Sé que es una empresa ya perdida y que debo concentrarme en el tacto de tu cortísimo pelo, pero así está bien, esta tranquilidad, este sosiego. Te has quedado dormido enseguida, después del último beso, de que, con jocosa ironía, me pidieras una última anécdota y yo me negara entre risas y me perdiera por última vez en el espacio entre tus dientes. Escucho tu respiración profunda, que se pierde debajo de la colcha que nos abriga. Alargo la mano, apago la luz y dejo que la oscuridad nos cubra, y las sombras. Te he preguntado si llovía, pues parecía que miles de gotas chocaban contra el techo. Y ahora sé que son las vigas de madera que aguantan tu techo, que crujen en un susurro. Y sé que no tardarán en caer sobre nuestros cuerpos dormidos y enroscados que todavía huelen a sexo. Los grandes trozos de madera carcomida caerán acompañados de diminutas astillas que brillarán sobre las sábanas negras. Pero ninguno de los dos desperará, ni siquiera un medio abrir de alguno de nuestros ojos para ver qué sucede, demasiado ocupados en mezclar nuestro calor dormido. Y las vigas, que ya poco sostendrán entonces, pasarán a formar parte del mobiliario nocturno que nos acoje, que no perturba lo más mínimo el contorno de nuestros cuerpos después de los besos y los gritos y los orgasmos. Qué puede importarnos a nosotros que los techos se caigan si ya hemos encontrado refugio del frío y de la noche y de la lluvia que acabó por ser el susurro de las vigas. Qué puede importarnos a nosotros, si la noche se derrama por las esquinas y todavía quedan horas para que amanezca.

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