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Siento compasión por aquellos que creen que lo han leído casi todo, que lo han visto casi todo y que conocen casi todo lo que merece la pena conocer y se pasean con ese rictus de superioridad resabidilla, mirando por encima del hombro a casi todo el mundo —y confieso que en ocasiones yo mismo he pecado precisamente de eso, ergo, me he compadecido de mí mismo. Lo bueno de ser ingenuo, un ignorante en eterno proceso de rehabilitación, es que nunca se pierde del todo la capacidad de sorprenderse, de fascinarse ante un descubrimiento —del mimso modo que nunca se esquiva del todo el peligro a que te la metan doblada. Como decía un conocido mío: me gusta que un pomo modernista pueda alegrarme el día.

Mia Engberg, en Dirty Diaries, ha reunido en un solo film 12 cortos fascinantes, donde se exploran los límites de la imagen pornográfica. Algo así como una versión underground de Destricted. Porno feminista, postporno, porno arty o emoporn, lo mismo es; 12 piezas que rezuman sexo periférico, valiente, personal, subversivo. En palabras de la propia Engberg, lucha por tu derecho a estar cachondx. Podríamos, incluso, utilizar uno de eso cortos, Skin, dirigido por Elin Magnusson, como metáfora para explicar de qué va todo esto. En él, dos cuerpos totalmente cubiertos con una malla color carne intentan gozar el uno del otro, pero no será hasta que se deshagan de esa curiosa cárcel de licra que podrán conseguirlo. Deshacerse del artificio de lo mainstream, abandonarse únicamente al placer físico de los cuerpos.

Y si bien para las pajas de diario soy mucho más pragmático y me conformo con los rough negratas de xvideos, dan ganas de salir a la calle, emulando a la protagonista de la pieza Flasher girl on tour, y reivindicar la sexualidad propia, el placer intrínseco y mal entendido del ano —como hacen Kaaman y Martin Bergsmark en Fruitcake—, o gritar a los cuatro vientos que perfectamente puedo ponerme cachondo con un pomo modernista.

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