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Pero sobre todo la arcada. Únicamente la arcada. Porque ésta no viene siempre precedida de la náusea, ni tiene por qué acabar en vómito. Simplemente la arcada. Y si aceptamos la náusea como sensación y el vómito como acto físico en el que desemboca, la arcada se mueve en el intervalo que los separa. Ni sensación ni acto, una combinación de ambas. Fascinante: la experiencia sensorial a la que me someto produce en mí la suficiente repulsión para obviar la sensación, pero no la necesaria para provocar el acto. Vamos mejorando. Antes sólo podría haberme inclinado sobre mi mismo, agarrarme con fuerza a mis rodillas y consumar uno de las acciones fisiológicas más abyectas del cuerpo humano junto con el cagar, pero menos cotidiana. Y cuando tu ocupación principal se limita a somatizar constantemente, eso pasa a ser considerado un logro. Así que disfruto de la arcada, de ese encogerse del estómago y dilatarse de las mandíbulas, esperando el ardor, la expulsión, el esto-formaba-parte-de-mi-cuerpo-pero-ya-no que nunca llega. Me expongo al mismo bombardeo varias veces, como el que se vacuna de la gripe, y así entreno mi cuerpo. Dos al precio de uno dada la naturaleza fronteriza de la arcada. Intento controlar mi cuerpo y mis emociones que, al fin y al cabo, es en lo que consiste la somatización, una colisión de dos partes del todo que me define. La arcada como primer paso al equilibrio. Mens sana in corpore sano. Pero disfruto. Disfruto de la arcada como un niño con un juguete redescubierto, quién me lo iba a decir: aceptar con tanta soltura una determinación tan masoca, como cien agujas en los ojos, un palo de escoba en el recto, y yo sólo encogiéndome de hombros. Doblemente fascinante. Y que si finalmente vomito, supondrá un fracaso; el mismo que si mañana me levanto con unas náuseas horribles. La santa trinidad del asco: náusea, arcada y vómito. Es hora de rezar mis oraciones.

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