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Esto es café, me dijo mirándome a los ojos, Es imposible, ¡cómo va a ser café!, respondí yo. Pero lo era, vaya si lo era. Parecía café, olía a café y, en una demostración heróica por su parte, me confirmó que sabía a café. Tardamos en darnos cuenta. Pasábamos poco tiempo en casa, así que fuimos incapaces de determinar en qué momento exacto todos los grifos de la casa decidieron cansarse de ofrecer agua. Habíamos cenado ya y manteníamos el ya demasiado habitual tira y afloja sobra quién debía fregar los platos. Mis intentos por convencerle de que lo más inteligente era acordar fregarlos un día uno, el siguiente, el otro, nunca llegó a ser aceptado. Sé que lo hacía porque al final, quien acababa por doblegarse era yo. Aquel día, por alguna razón que no recuerdo, me hice el cabezota. Me negaba a fregar los platos esa noche. Friégalos tú, yo hasta mañana no pienso tocar ni uno, le dije. Fallo mío, pues él tan solo arqueó las cejas antes de decir: No hay prisa, tranquilo. Así que nos quedamos viendo la televisión durante un rato, haciéndonos cosquillas y viendo como algunas zonas de nuestros cuerpos crecían inevitablemente. Y después de eso lo del café, claro, que descubrió él mientras yo cambiaba el canal por enésima vez, cuando fue a cepillarse los dientes. El agua sale negra, dijo desde el baño. A pesar de que utilizó explícitamente la palabra negra, mi imaginación tintó el agua de un tono marronuzco. Será algo de tierra, por las obras de abajo, No,no, esto puro negro tizón. No tuve más remedio que levantarme para comprobar por mí mismo el grado de pureza del líquido negro tizón que él decía ver salir por el grifo. Él permanecía a un paso de distancia del lavamanos, de donde el agua negra emanaba a borbotones. Esto es café, me dijo mirándome a los ojos, Es imposible, ¡cómo va a ser café! Pero lo era y, de hecho, el pequeño lavabo se había impregnado de un agradable olor a café recién hecho listo para tomar a sorbitos. Aquella noche, como era de esperar, no nos cepillamos los dientes, y acabamos por dorminos tarde intentando dilucidar las razones por las cuales, previa confirmación, salía café de todos y cada uno de los grifos de la casa. Al día siguiente, nada más despertarnos, fuimos a trompicones hasta la cocina, todavía con legañas en los ojos, con el corazón en vilo. Cuando giré el grifo del agua fría hacia la derecha, un fino chorro de agua clara y límpida cayó sobre los platos que no fregué la noche anterior. Nos miramos, nos encogimos de hombros y volvimos a la cama, a dormir cinco minutos más. Lo que vengo a decir con esto es:

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