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A pesar de que sabe que apenas ha sido un minuto —quizá menos—, no ha podido evitar sentir como la boca se le secaba y le empezaban a sudar las manos y a verse incapaz de construir una frase coherente. (Ha sido luego, claro, cuando él se ha marchado, que se le han ocurrido cientos de cosas que podía haber dicho, muchas de ellas la mar de ingeniosas, que seguramente le hubieran hecho sonreír, incluso, con un poco de suerte, reirse). Hemos de decir en su favor, porque como narradores nos ponemos de su lado, que la aparición le ha pillado por sorpresa, mientras pensaba en otras cosas y mantenía su mente ocupada para, precisamente, no pensar en él. De ahí la sequedad de su lengua y el sudor de sus manos y la frase absurda que él mismo recuerda haber dicho. Piensa que así no se puede impresionar a nadie, con semejante bloqueo y el balbuceo de algunas frases incoherentes. Y ha sido solo un minuto, sí —benditos sesenta segundos—, pero es consciente, o al menos él está convencido de ello, de que no hace falta más para triunfar o ser derrotado, pues entiende que ese minuto marcará los movimientos que seguirán. Hemos de confesar que invertimos grandes cantidades de tinta intentando no dibujarle de manera tan ansiosa, con ese aquí-y-ahora con el que desearía que sucediera todo; pero, al parecer, nuestra pericia como escribientes no es suficiente para poder calmarlo. Los interrogantes otra vez aplastados contra su frente, esa que siempre parece fruncida y atormanetada. Ojalá nosotros pudiéramos darle alguna respuesta, pero jamás fuimos narradores omniscientes y lo único que podríamos tejer serían suposiciones. Pero eso a él ya se le da muy bien, en este caso no nos necesita. Y, a pesar de ello, le resulta imposible desenmarañar el nudo que el mismo ata en su garganta. No nos cuesta reconocer que el minuto concedido sabe a poco hasta para nosotros, que sólo nos encargamos de describir la situación, porque aunque lo vemos todo a vista de pájaro, no nos ha dado tiempo a fotografiar todos los detalles y, ya se sabe, la memoria es engañosa, selectiva e insuficiente cuando más se la necesita. Si tuvieramos que describir el objeto deseado, sólo presente durante sesenta segundos, aludiríamos únicamente a un jersei de punto blanco y a una sonrisa que se le ha presentado como perfecta. Lo demás: desenfocado. Ni su tono de voz, y eso que, mientras él balbuceaba, el otro ha sido capaz de construir algunas frases. Pero es que el bombardeo: di algo interesante, dale dos besos antes de que sea demasiado tarde, fíjate en el tipo de zapatos que lleva, deja de pellizcarte el jersei a la altura del pecho. Y entonces se ha marchado, con la misma fugacidad con la que ha aparecido. Él ha pensado: que se gire una última vez. Él se ha girado una última vez. Qué ansiedad. No se nos ocurre ningún tropo para calmarle, qué necesidad de vivirlo todo tan a bocajarro, cosas tan sencillas y tan simples. Y con tanto interrogante, obviamente, se olvida de todo lo demás. Pero él lo sabe, y nosotros también: no se tranquilizará hasta que vuelva a dar señales de vida. Y no está demasiado seguro de cuándo eso va a suceder.

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