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algunos esbozos brutos y vagos:

la mirada pornográfica sería aquella que, voluntaria o involuntariamente, cosifica al individuo en quien proyecto mi deseo. si me encuentro por la calle al skater de turno, o resulta que a una mesa de distancia el bailarín televisado está comiendo fideos japoneses y desde donde me encuentro puedo verle los calzoncillos grises, o aunque sólo tenga una imagen 2D y palabras tecleadas que surcan el universo cibernético en código binario, y entonces me excito, mi mirada deviene pornográfica. no hablo de sujeto de deseo sino de objeto de deseo. más aún, mi mirada pornográfica echa mano de la sinécdoque; mi mente captura un meat shot imaginario, la parte por el todo y el todo por la parte. no sólo he cosificado al individuo sino éste que se ha visto reducido a las probabilidades de que su entrepierna se convierta en fuente de (mi) placer. pero claro, tal y como dice la Llopis, lo que pasa es que a veces me lío y empiezo a mezclar mis sentimientos con el sexo, me confundo y ya no sé dónde estoy. quizá por esa razón, cuando mi mirada pornográfica se activa, comienzo a deslumbrarme, y la excitación sólo continuará su trayectoria exponencial si aparece el detalle, la punzada, la fascinación, el punctum barthiano. y es precisamente el punctum lo que devuelve al objeto su condición de sujeto de un modo casi mesiánico. por lo tanto, ya no es mirada pornográfica sino mirada emoporn, porque como dice Warbear, citado de nuevo por la Llopis, el amor es la pornografía extrema y los placeres de sus males deben extenderse en un proceso de desnudez contínua.

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