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Aspiro a muchas noches alegres que no acaben en mañanas tristes, si bien todos sabemos los peligros que comporta utilizar una goma de borrar: con un simple movimiento de muñeca y todo al garete. Extremadamente sencillo. La verdad es que le escondía todas y cada una de las gomas que encontraba a su alrededor. Muchas de ellas eran esas rectangulares, con funda de cartón azul y puntas redondeadas, que huelen tan bien que te apetece llevarlas a la boca. Goma que veía, goma que me escondía en el bolsillo para después, lejos de sus ojos curiosos, deshacerme de ella sin sentir culpa alguna. Si me preguntaba por ellas, me hacía el sueco, le llamaba torpe y despistado. Se acabó el borrar en esta casa. Sin embargo, debía estar muy atento, pues las gomas aparecían casi de manera espontánea. Me preguntaba si a caso con motivo de las ahora frecuentes desapariciones, él se había hecho con un arsenal que guardaba en algún sitio que yo desconocía. Eso era peligroso y, en ocasiones, ma asaltaba cierto pánico. Yo era consciente, eso sí, de lo difícil que era controlar todo el ir y venir de gomas de borrar, sobre todo con él, ahora dedicado en cuerpo y alma a sus menesteres artísticos. Alguna que otra vez me había pasado: encontraba los restos del borrador, oscurecidos a causa del lápiz, olvidados en su mesa. Me asustaba, claro, y buscaba el arma en los cajones, en su estuche, entre los libros y bocetos. A veces daba con ella. Otras no. Y eso me dejaba en un estado de ansiedad agotador. Sometía su trabajo a vigilancia, inventándome mil excusas, y no paraba hasta que me hacía con la dichosa goma. Un par de veces habíamos discutido, pues él me increpaba que necesitaba trabajar, que así no acabaría nunca, y que no era capaz de concentrarse conmigo pululando por la zona. No podía explicarle que lo de las gomas lo hacía por un bien mayor, me hubiera tomado por loco. Si por mi hubiera sido, me hubiera declarado a mí mismo en control de todas las gomas de la casa, racionándolas con cuidado y supervisando cada uno de sus usos. Si él entendiera. Pero claro, donde veía una goma, él simplemente veía una goma y no un arma de destrucción. Es cierto que intenté superar mi obsesión y mis miedos. Una vez, sabiéndole trabajando en su mesa, sabiéndole en posesión de al menos una goma de borrar, decidí respirar hondo, abrirme una cerveza, y dejarme llevar por el argumento de alguna novela barata. Ni cinco minutos. Un leve picazón en el costado. Me rasqué con fuerza, sin saber de dónde venía tal picor, incapaz de localizar la zona concreta que me picaba. Pronto tuve que dejar el libro encima de la mesa y comenzar a rascarme con ambas manos. Y entonces lo supe: él estaba utilizando la goma de borrar. Intenté lanzarme al pasillo pero el picor. A trompicones, balbuceando su nombre, tan solo un quejido. Las piernas, los brazos, la cabeza, la lengua, el picor me atrapaba hasta las uñas. Y el pasillo, que siempre me había parecido demasiado largo, ahora interminable. Debería haber tenido más cuidado, no fiarme del razocinio y dejarme llevar por la intuición, seguir escondiendo las gomas. Porque ese picor era insoportable y pronto sería capaz de ver a través de mi propio cuerpo, estaba convencido. Cuando alcancé la puerta de su habitación, que abrí ayudándome de un nuevo espasmo, él levantó la cabeza para mirarme, con un interrogante cubriéndole la cara. ¡Me estás borrando!, grité. Él soltó la goma que dio algunos saltitos en la mesa antes de acabar en el suelo. El picor desapareció. Así, de repente. ¿Se puede saber qué es lo que dices?, me preguntó mientras recogía la goma del suelo. Me estabas borrando, respondí. Nada de eso, te estaba dibujando, y me alcanzó un boceto a lápiz. Efectivamente, ese era yo. Y tuve que agachar la cabeza para que no viera la sonrisa que comenzaba a picar en mis labios.

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