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Todos los aquí presentes conocerán los inconvenientes y molestias —y, por qué no decirlo, quebraderos de cabeza al pretender disimularlo— que supone encontrar una espinilla en el rostro propio. Aquellos individuos que se afeiten la barba asiduamente sabrán que, en ocasiones, la irritación que causa el roce repetido de la cuchilla hace aparecer ciertas protuberancias, comunmente llamadas granos, aquí, en la base del cuello, allí donde empieza a crecer el vello. Esas espinillas son pequeñas y, en la mayoría de casos, inofensivas; suelen desaparecer a los pocos días, especialmente si la víctima de tal erupción tan antiestética se encarga de secarla con abundante jabón y, tirando de la botica de la abuela, una puntita de pasta de dientes. Sea como fuere, no es de ese tipo de espinillas de las que quiero hablar. No se echen las manos a la cabeza y se pregunten ¿de verdad nos va a hablar de granos? No se escandalicen, pues hasta el más respetado de los aquí presentes ha sido atacado alguna que otra vez por ellos, pues no distinguen persona, ni momento, ni situación. Sin embargo, como bien sabrán ustedes si se han tomado la molestia de hablar conmigo más de cinco minutos, no me gustan demasiado las generalidades y prefiero siempre lo concreto. Por lo tanto, hablaré, aquí y ahora, de una espinilla en concreto, violación de mi rostro que, obviamente, viví en primera persona.

Debemos remontarnos años atrás, no recuerdo la fecha concreta —cosa que me llena de fastidio. La erupción en cuestión, protagonista de estas palabras, no apareció en la base del cuello, ni en la comisura de la boca, que podría se entendida como señal de joventud tardía. De los muchos rincones y pliegues discretos que pueden encontrarse en mi rostro, la espinilla decidió instalarse a escasos centímetros del puente de mi nariz, en dirección horizontal. Cuando me di cuenta, apenas era un puntito rojo debajo de mi ojo izquierdo, algo que no demandaba demasiada atención, pues no contrastaba mucho con la tonalidad de mi piel. Lo ignoré por completo: ni jabón, ni pasta dentífrica. Nada. Ni si quiera le dediqué un minuto de mi tiempo. Puede que ese fuera mi error, considerar que algo tan pequeño como eso no podía ser sino inofensivo.

En aquella época, yo rondara a un chico menor que yo —no demasiado, apenas unos años. He de confesar que mis intenciones con él eran banales, efímeras y caprichosas, y no utilizo aquí tono de auto-juicio alguno, pues no veo qué mal puede haber en dejarse llevar por el capricho de vez en cuando. Aquel chico hacía crecer en mí sentimientos extraños: curiosidad, embriaguez por la fascinación que parecía profesarme. ¿Qué podía hacer yo con aquellos sentimientos inocuos sino venerarlos y sacar provecho de ellos? Pueden llamarme egoista y cruel, pero bien seguro estoy de que todos hemos actuado así en un momento u otro. El hedonismo forma parte de nuestro inconsciente y ahí seguirá por mucho tiempo. No se pongan ansiosos, por favor, pues lícita es la cuestión: ¿qué tiene que ver este chico —que apunto aquí que era apuesto, inocente, casi frágil— con la espinilla encontrada en mi rostro? Muchos lo habrán adivinidado, pues no es ningún giro inesperado.

Concerté una cita a dos días vista con él o quizás la concerto él, o quizás fue algo totalmente espontáneo; este tipo de detalles sólo me incumben a mí y, dada la desnudez con la que expongo mis vivencias, creo que merezco el derecho a reservar ciertos detalles sin aparente importancia. Concertamos, decía, una cita, siendo el modo algo secundario que no hace falta subrayar. Pero bien cierto es que la espinilla que yo había decidido ignorar había estado creciendo a mis espaldas, asomando una pequeña cabeza blanca y sebosa. Pero me picaba la entrepierna, hablando pronto y mal, y decidí ir a la cita de todos modos, esperando que la oscuridad de la noche no hiciera tan evidente el invitado que había aparecido a escasos centímetros del puente de mi nariz, debajo de mi ojo izquierdo. Los detalles del encuentro serían materia para otro ejercicio oratorio, de naturaleza diferente, pues en sí mismo formó un todo en el que el furúnculo poco tuvo que decir: como tuve que coger un autobús que me llevara hasta su casa, como me pasé de parada cosa que produjo en él una risa abundante —que encontré adorable, por otro lado—, el momento ya casi legendario en que ambos mencionamos el nombre de cierta ciudad europea al unísono. Ya se ha dicho: tales cosas no forman parte del cuerpo de este discurso.

Sobra decir que nuestras bocas no sólo acabaron por encontrarse la una a la otra, sino que fingieron ser exploradoras, encontrando arrugas y piel y toda una columna vertebral con cierto toque bicolor. Recuerdo el olor de su piel, el encrespamiento de su pelo, la rectitud y bondad de su sonrisa, el sabor de su sexo. No me culpen por la información que daré a continuación, pues entenderán si mantienen el oído atento, que es necesaria y clarficadora, pues dibuja un modus operandi que define al que ahora habla. Se trata de una reacción que no puedo evitar: la explosión del orgasmo, esa fusión con el placer cósmico y univesal, la contracción de los músculos de la tierra, me deja sumido en una suerte de estado catatónico que el colchón aprovecha para devorarme. Siempre ha sido así. Siempre será así. Ese dulce arrastre gelatinoso y caliente, el abraza y el último beso del día. Como bien he apuntado, poca relevancia tuvo la insidiosa espinilla durante las largas horas de saliva y esperma y sudor. Cerré los ojos y caí dormido. En lo último que podría haber pensado era ese grano fastidioso. Dulces sueños y, de pronto, el sobresalto. No podría decir cuánto tiempo estuve dormido, no se me culpe por ello, pero, al abrir los ojos, vi su cuerpo inclinado sobre el mío, media sonrisa en los labios, escudriñándome con la mirada. Le pregunté de manera abrupta si acaso me estaba mirando mientras dormía, a lo que él respondió que no. No le creí, obviamente, pues qué otra cosa podría haber estado haciendo en semejante posición. Me levanté de la cama, en un estado de crispación y nerviosismo inusitada. Escupía, por aquel entonces, sobre ese concepto rancio al que llamamos amor y que, si ustedes quieren, podemos debatir en otra ocasión.

¿Por qué esa crispación, por qué el escupitajo? Déjenme recordarles que el imaginario adolescente, romántico y cursi, contempla que la voluntad de encontrar belleza en el cuerpo somnoliento ajento incita a pensar en el incipiente crecimiento de sentimientos románticos que desembocarán irremediablemente en enamoramiento. Mi crispación, sentimiento de traición a partes iguales, respondía a que yo no quería que aquel muchacho se enamorara de mí. Me encerré en el baño a golpe de resoplidos, et voilà, la venganza: la espinilla que ya no era espinilla sino presencia contundente, masa de pus descomunal. La erupción había aprovechado mi dedicación por entero al placer para hacerse con el control de mi rostro. Me pregunté entonces, solo, mirándome en un espejo ajeno, cómo era posible que el muchacho me hubiera estado ofreciendo aquella mirada tan cálida cuando mi rostro estaba desfigurado por el furúnculo. Si bien desprecié ese grano durante muchísimo tiempo, guardándome esta anécdota para espacios mucho más intimos que éste, ahora entiendo que la venganza de mi cuerpo no fue tal cosa. La espinilla ahora como presagio maravilloso de lo que iba a vivir junto al muchacho, que supo encontrar belleza incluso en lo desagradable del sebo. Pero así como esa noche decidí rebentar la espinilla, a riesgo de dejar una perenne marca en mi mejilla, con los años acabé por apartar al muchacho de mi lado, aún queriéndole desde lo profundo, paseando ahora las marcas de su amor y de la soledad.

Y no hay jabón ni pasta dentífrica que pueda cambiar eso.

2 comentarios:

rlinze dijo...

ayer no pude evitar hablar de esto en el bus de vuelta.

nacho simal dijo...

los granos es lo que tiene, que son universales.