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Llevo días intentando escribir sobre ti y sólo he conseguido llenar páginas de párrafos vacuos y sin chispa. Que no se diga que no lo he intentado. Aprender otro idioma bebiéndome tu saliva, pues ya sé el gusto que tiene tu lengua y recuerdo decirte lo bien que sabías y negarme a dejar de besarte. Hablar de lingüistas después de corrernos el uno sobre el otro. Y fueron precisamente tus secreciones las que me hicieron pensar en una nueva realidad citológica: absorber conocimiento a través de tu boca, de tu piel, del grosor de tu entrepierna. Porque tú movías tus labios de una manera tan pausada, enredando tu lengua en mi pecho y en mis muslos y en mi cuello. Y tu saliva, que no me cansaría de saborear, dejaría impregnada en mi dermis toda una sintaxis nueva, una semántica difícil, que yo absorbería vía tópica, mucosas ansiosas y moléculas que colisionarían creando explosiones más o menos controladas en el espacio que definen los contornos de tu cama y tus calzoncillos grises. Escribiríamos entonces un nuevo tratado científico y juntos revolucionando la verdad hormonal que nos llevó a quitarnos la ropa. Pero a medida que escribo una palabra al lado de la otra me veo tentado a emborronar lo compuesto, a escupir sobre estas páginas llenas de frases sin gracia, pues sólo mis fluidos, que hirvieron la noche que pasé contigo, serían capaces de dibujar un testimonio fiel de cómo las moléculas que componen nuestros cuerpos transportaron sabiduría contenida de unas vísceras a otras. Por eso te pido disculpas si esta no es la crónica que esperabas, pero sólo la memoria de mi piel, a través de su fisicidad absoluta, consigue explicar las ansias de volverte a tocar, de chuparte de nuevo, de demostrar que puedo aprender otro idioma bebiendo tu saliva.

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