127

Otras veces sueño con él pero sin ser él. Sí y no. Me explico: en esta clase de sueños, que se acercan más a la pesadilla pero sin monstruos ni persecuciones ni muertos, siempre le tengo delante e interactuamos de algún modo. Normalmente, en el sueño, seguimos siendo pareja. Y, de repente, algo sucede, algo se trunca y lo que parecía amor ahora es desprecio. Sin embargo, en el transcurso del viraje sentimental, él ha dejado de ser él y se ha convertido en el otro. Doble desprecio, por lo tanto, pues no sólo me encuentro un escupitajo en el ojo sino que mi mente proyecta la silueta del ser aborrecido. Él rehuye mis abrazos y mis besos, no quiere atender mis palabras: la proyección del otro me deja claro que mi cuerpo es caduco y mi amor un deshecho. Sobra decir que me levanto en un estado de ansiedad de cuidado y me cuesta algunos minutos recuperarme. Lo que más me cuesta es asumir la autohumillación a la que me somete mi mente: mira que hay cosas con las que soñar, y precisamente elige ésta. Como el sueño en el que me tiran un zapato a la cabeza y para colofón estallan en carcajadas. Supongo que mi mente lo único que hace es enviarme mensajes y me demuestra que por mucho que me haga el tipo duro sigo siendo igual de frágil que el primer día y que hay imágenes y palabras que aunque no sean reales, aunque acabe de inventármelas yo, son como un cuchillo de pescado en el costado derecho: doloroso y molesto. A los demás os puedo engañar, a mí mismo sólo durante un tiempo determinado. Eso sí, si tengo que aguantar su mutismo en la vida real, sería de puta madre que en mi sueños le diera por follarme o, puestos a pedir, incluso quererme. Cada noche cierro los ojos y no sé si sentirme esperanzado o cagado de miedo.

No hay comentarios: