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El sujeto, al que para no complicarnos llamaremos Sujeto A, siempre ha preferido el segundo plato. El Sujeto A está convencido de que dentro de la lógica del menú, el segundo siempre es el plato fuerte y el que requiere una mayor implicación para tomar la decisión correcta. Es más, cree que, en el momento en el que los platos comienzan a servirse, tan solo podemos ingerir el primero en función de lo que hayamos pedido de segundo. Le parece algo que cae por su propio peso, como su cuerpo. Quizá sea esa la razón por la cual al Sujeto A parece haber dejado de importarle ser lo que se ha dado en denominar el segundo plato de alguien. Si bien en el imaginario colectivo devenir segundo plato es entendido como algo negativo, reprochable y deleznable, el Sujeto A cree que tantos aspavientos no son necesarios, pues el segundo plato siempre es mejor y más jugoso, y nadie come una ensalada sin pensar en el bistec que aparecerá cuando acabe ésta. Sin ir más lejos, el hecho de que, si optamos por plato único, nos decantemos siempre por un segundo que por un primero, es razón de más para no sentirse menospreciado, al contrario. Por lo tanto, si al Sujeto A, cosas de la vida, le tocará desempeñar la función de segundo plato, debería aceptarlo con tranquilidad, hasta con orgullo, pues sería el jugoso bistec y no la insípida ensalada. No debería molestarse, pues, porque el chico con el que se fue aquella noche tan solo le escogiera después de agotar otras posibilidades porque, al fin y al cabo, quien acabo chupándole la polla fue él. O, en caso de que el otro sujeto protagonista, pero que no ha llegado a aparecer, pongamos el Sujeto B, decidiera devolverle todos los mensajes que quedaron sin respuesta o, milagritos caídos del cielo, optara por llamarle, el Sujeto A descolgaría el teléfono sin esperar si quiera a que acabara de sonar el primer tono, aunque eso le convirtiera en segundón, pues ahora la ensalada es interpretada por otro sujeto (1). Eso sí, por muy claro que lo tenga, no puede negar el hecho de que, a partir de ahora, es necesario repensar el concepto de humillación, el hecho mismo de humillarse, porque empieza a creer que es un concepto mal entendido, maltratado por la historia y que en demasiadas ocasiones acaba por ser confundido con el orgullo. En el mundo gastronómico la humillación no tiene cabida, pues cada uno de los platos del menú tienen su gracia, y no podemos olvidar el teorema del plato único —el segundo que de una vez por todas acaba por sustituir a cualquier ensalada, sopa o entremés. Por lo tanto, si decidir ser el bistec requiere una deconstrucción de la humillación propia, jurar no volver a comer un menú de tres platos y aprender a disfrutar de la cuantiosa guarnición que acompaña al segundo plato, pues que así sea, porque el postre es arena de otro costal y requeriría de otra teoría propia. Pero que si vienes me voy contigo.

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