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Las frases cambían. En especial las manuscritas. Lo hacen al modo que cambiamos las personas, al modo que cambia el humor o crece el cabello o se deshacen las placas de hielo de los polos. El significado que podríamos haberle otorgado antaño se ha visto retorcido y desplazado gracias al tiempo y a la distancia. El intertexto ha cambiado, nosotros también. La caligrafía entonces más redonda o más dejada, la tinta reseca, quién sabe si algo desteñida, el garabato que sirve como rúbrica, incluso la presión que se ejerció contra el papel a la hora de escribir se ha desbordado para después evaporarse. Porque ya no estamos en dosmilocho: todo lo que escribimos entonces ahora no es más que papel mojado, y dónde tú hacías referencia a algo tan común como a que sabía de sobras qué libro era el que iba a caer aquel veintitrés de abril, ahora parece chillarme que no debería haberme hecho el tonto, que ésto se veía venir, y que ofenderme no sirve sino para perder energia.

Sé que lo sabías, pero...


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