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La noche no podía acabar de cualquier manera: cerveza gratis, presentación en sociedad, encontrarme con los dos únicos hombres a los que he asociado el sintagma hombre-de-mi-vida con una diferencia de cinco minutos, darme cuenta de que los dos huelen igual que cuando estaban conmigo, ponerme a llorar, que el frío me reviente en la cara, volver solo a casa. Era necesario acabar con un poco de drama, pero esto no me lo esperaba. El tío que se sentó delante mío en el tren era feo a todas luces. Cara desproporcionada, demasiados kilos de más, y una torpeza para combinar la ropa mucho peor que la mía. Nada más acomodar su culo en el asiento, comenzó a tocar su paraguas negro como si estuviera intentando masturbarle, con cuidado, poniéndole esmero. El chico iba echándose miraditas al paquete, que empezaba a crecer de manera disimulada. Para no levantar sospechas, dejó de masturbar su paraguas para comenzar a masturbarse el dedo pulgar. Apretaba sus esfínteres de vez en cuando para que su polla semierecta tensara los tejanos que llevaba puestos, orgulloso de su prominente bulto. Al principio el asunto me hizo gracia, y me distraje observando con atención el ritual exhibicionista del que estaba siendo testigo. Pero acabó sucediendo como con el cibersexo: o le pones creatividad, o a los cinco minutos comienza a ser aburrido. Me acordé del corto Flasher Girl on tour, donde la protagonista, exhibicionista nata, se masturba en el metro delante de todo aquel que quiera verla. Al menos la chica se esforzaba bastante más que el tipo que se me puso delante. Creo que notó que comenzaba a perder todo el interés en mirarle la entrepierna, supongo que por eso comenzó, poco a poco, a bajarse la bragueta. Tuve que hacer esfuerzos para no reiíme, pues el tipo parecía más preocupado en que nadie que no fuera yo le viera moverse que por conseguir que yo me empalmara —y aclaro aquí que mi polla se mantuvo relajada durante todo el viaje. Cuando al cabo de cinco minutos consiguió bajarse del todo la bragueta —cinco aburridos minutos—, introdujo su dedo pulgar, el mismo que minutos antes había estado masturbándose, y se bajó lo suficiente los calzoncillos para que pudiera ver una parte del tronco de su piruleta juguetona. Arqueé las cejas, una voz enlatada anunció mi parada, me bajé sin mirar atrás. Había sido gracioso: acabé la noche sin drama, pero compartiendo el viaje de vuelta con un exhibicionista, que nunca viene mal.

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