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Puedo querer imaginarme a Julia Kristeva abriendo los ojos en mitad de la noche, viéndose sumergida en la más inmensa oscuridad, con la boca seca y la lengua rígida. Podría ser que aquella noche durmiera acompañada y, al despertar de manera tan abrupta, moviera su brazo derecho —pues la imagino durmiendo en el lado izquierdo de la cama— para asegurarse de que tal cuerpo sigue ahí y relajarse al sentir el calor corporal de éste. (En caso de que aquella noche durmiera sola, Kristeva sumaría la presión de la soledad en las sienes a la oscuridad, a la sequedad y a la rigidez). En total llevaríamos unos tres segundos en la vida de Kristeva. La seguimos imaginando palpando la mesilla de noche, agarrando el bolígrafo con el que sus dedos se tropiezan como si se tratara de un arma. Podríamos pensar que se siente amenzada, pero sólo se aferra al bolígrafo con tanta fuerza porque cree que así consiguerá que la palabra que le ha despertado de aquel sueño tan profundo que siempre la caracteriza no se escabulla entre las cañerías de su cerebro. Con la mano que aún tiene libre, palpa hasta buscar su pequeña libreta donde toma notas, la abre y escribe con urgencia una palabra de diez letras. Intento emular la situación y escribo la misma palabra en la oscuridad de mi habitación, pero sentado en mi escritorio y no tumbado en la cama.
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Lo que consigue Kristeva esa noche acuñando el término INTERTEXTO, definiendo un texto A como la absorción o transformación de otro texto B, no sólo revoluciona el campo de la literatura comparada sino que apunta hacia un nuevo método de entender la existencia propia. A partir de aquí, nuestra experiencia se convierte en una red de textos multidisciplinares a través de la cual interpretamos todo lo que deviene a nuestro alrededor y nos afecta de una manera u otra. Sólo a partir de nuestro propio INTERTEXTO el hecho de que, aquella noche que lo cambió todo, en el que Julia Kristeva pudo escribir en la oscuridad, ella durmiera sola o acompañada, será interpretado de una u otra manera. O el hecho de que un desconocido se toque delante tuyo del tren. O de que hayas dejado de creer demasiado en el amor. O que ese chico que te gusta tanto haya decidido dejar de hablarte. O que pienses que ya va siendo hora de que empieces a disfrutar de lo que tienes y dejar de pensar en lo que no tienes. Nuestra red es nuestro intertexto, que es nuestra experiencia, que es nuestra anticipación y nuestras decisiones. Así que la famosa frase de Ortega y Gasset queda desplazada gracias a Kristeva y, a partir de ahora, deberemos decir: Yo soy yo y mis intertextos. A partir de aquella noche, Kristeva nunca volvió a tener problemas para dormir, fuera sola o acompañada.

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