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le quise besar, es cierto. dos elegantes besos: uno en cada una de sus mejillas, en las que crecía una inexplicable barba pelirroja. quise besarle, sí, a modo de saludo, pero él me lo impidió levantando una de sus manos a la altura del pecho. negó con la cabeza, no hacía falta que me molestara, no iba a aceptar lo que mis labios querían darle. así que me senté frente a él, esperando a que dijera algo, pues todavía no había abierto la boca y apenas me había mirado tres segundos seguidos. me gustaba la manera en la que no me miraba, nunca se le había dado bien mirarme y siempre huía de mis ojos. él, con su extraña barba pelirroja, tenía algo que siempre me había enganchado, que siempre me había hecho volver, insistir, humillarme, sin prestar atención al hecho de que toda la tinta en su cuerpo actuaba, al menos aquí, ahora, siempre que me lo encontraba, como una señal de peligro, de obligada precaución que yo no tomaba. siempre urgencia y torpeza y el no sé muy bien qué. su cuerpo, para mí, representaba todo un mapa de conflictos no resueltos, de misterios que no se dejaban descubrir. nunca había sido capaz de leerle. yo, que siempre me vanagloriaba de mi capacidad para leer entre el interlineado de la gente que rodeaba, de las miradas, las sonrisas, las palabras. él se presentaba como un muro impenetrable, un código imposible de descifrar. por eso no podía saber si iba o venía, si pensaba tal o cuál cosa, si quería decir aquello que sus labios no acababan de formular del todo. fascinación que comenzaba a rezumar desde la primera palabra, la primera mirada, la primera farola. y quizá por eso, por ser una de las pocas personas que se resistían a ser leídas, no entendí muy bien a santo de qué me había citado y lo que le había llevado a rechazar los dos besos que me disponía a darle. así que esperé, sentado frente a él, a que sucediera algo mientras intentaba disfrutar de aquella melosa sensación de confusión que me sobrevenía con su presencia. aún sin decir nada, sacó de su bolsillo aguja e hilo. fruncí el ceño y pregunté para qué necesitaba tales cosas. él volvió a atajarme con un movimiento rápido. sin besos, sin palabras, calladito en mi sitio, con la esperanza de llegar a entender algo. con él era tan difícil. enhebró la aguja con paciencia, aún sin mirarme. mi presencia parecía ser algo circunstancial para él, lo mismo daba que estuviera presente o no. nuestros ojos se cruzaron una última vez, me regaló una última sonrisa, muy vaga, desdibujada. y clavó la aguja en su labio superior sin ningún quejido, con decisión. el hilo atravesando los labios que tantas veces había deseado y codiciado. grité, protesté, pero nada impidió que él siguiera cosiéndose la boca, sin dudar, con el pulso firme. le supliqué que no lo hiciera, que debía entender, que de la misma manera que yo no podía leerle a él, él no había sido capaz de leerme a mí, que teníamos tiempo, todo el tiempo del mundo. y pensé en esa mano oscura y poderosa que palpaba mi tristeza y mi rabia y la arcada llena de odio. le bastaron sólo dos minutos para coserse los labios, para desterrarme, para negarme todo lo que no me había atrevido a pedirle y él no había llegado a ofrecerme. sólo el silencio. he aquí su despedida, con el corazón anclado en el pecho. cualquier palabra de más hubiera sido perder el tiempo.

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