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Marco un número al azar y espero a que el teléfono dé el primer tono. Suelo hacerlo a menudo, cuando el aburrimiento resulta desesperante en esas interminables tardes de domingo que desembocan, irremediablemente, en los fastidiosos lunes. Marco un número de teléfono de la manera más azarosa que se me ocurre y de la que soy capaz y espero a que la persona que me responda al otro lado de la línea esté exactamente igual de aburrida que yo y, así, dispuesta a conversar durante algunos minutos, quién sabe, sobre cómo darle un toque diferente al café, sobre una nueva receta descubierta o, en el mejor de los casos, sobre la vida sexual propia y ajena. Así que hoy, como cualquier otro domingo, marco y espero. Debería haberlo supuesto. Sobre todo en el momento en el que me he levantado la camiseta, entre tono y tono, para recordar qué calzoncillos llevo puestos y he visto que, precisamente, llevo unos suyos, grises y azules, que debí robarle en algún momento de este verano —y ya estamos en primavera otra vez, quién lo iba a decir. Poco debería sorprenderme que la persona al otro lado es él, contestando enérgicamente, como aquel que espera ansioso una llamada que no llega y que debería cambiar el curso de los acontecimientos. Pero me sorprendo, claro, pues por mucho que debiera habérmelo esperado, no me lo he esperado y mi piel se ha vuelto escarcha agrietada a pesar del generoso sol que entra por las ventanas y la promesa de una calurosa y soleada semana. Y si la persona del otro lado hubiera sido otra y no él, me hubiera sentido con la fuerza necesaria de responder con naturalidad, hablar de mi aburrimiento y de la necesidad de comunicarme con algún desconocido en esta interminable tarde de domingo. Pero qué decirle a él. No se me ocurre nada, ya no. Quizá que llevo su ropa interior puesta. Sí, aquellos calzoncillos feísimos, azules y grises, de una marca que nadie conoce y que me pregunto si él, casualidad entre casualidades, lleva puestos alguno de mis calzoncillos que se quedó o que dejé olvidados en la que ya no es su casa y mucho menos la mía. Pero no le digo nada, claro, porque la llamada ya no parece azarosa sino totalmente intencionada y cómo explicarle si de sobras sé que él jamás me va a creer. Así que le oigo preguntar quién coño hay al otro lado de la línea sin atreverme a decir que soy yo y que ahora he vuelto a levantarme la camiseta para volver a encontrarme sus calzoncillos, sólo que ahora la tela ya no roza su polla sino la mía y que es gracioso pensar que, así, nuestras entrepiernas siguen algo unidas, aunque ahora se vacíen en otros cuerpos. Pero no se lo digo y me quedo callado, porque sé que es de boca fácil y que todo se va a malinterpretar y después el vox populi y los comentarios de turno y las risas que me imagino hirientes y las conversaciones y que no, que claro que no, porque lo que dices no tiene ningún sentido y no voy a permitir que te regodees en tu ego para sentirte mejor y así creer que has el de las buenas decisiones has sido tú, cuando de eso nada monada, porque yo me he agenciado el papel de valiente y ya no hay más plazas, por muy cobarde que sea en el fondo y lo mucho que me aburra los domingos por la tarde mientras tu estás casi atragantándote con la comida que antes comías conmigo y el puto café solo, porque hay cosas que son nuestras, que eran nuestras, y tu te encargas de airearlas o quizás no, pero ni una grapa en los labios y cuánta cobardía, señores, aunque luego puede que no. Pero me callo y no digo nada y sólo pienso en que lo mejor que podría hacer es cambiarme de calzoncillos porque todo esto ya roza lo absurdo y tengo cosas mejores en las que invertir mi tiempo que ir marcando números de teléfono al azar y que al final, para colmo, me acabe contestando él.

Le dejo con la palabra en la boca y cuelgo.

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