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Cuando me encuentro con la figura del niño [...] como imagen perdida del deseo puro se me hace necesario comenzar a repensar las figuras y/o los personajes que han protagonizado, de manera más o menos activa, las diversas etapas que componen mi infancia, nuestra infancia, y poder, así, señalar qué desplazamientos se han producido en ese deseo puro que, se supone, he perdido. Cuando eres niño, ves mucho la televisión, sobre todo a determinadas horas, en las que tus padres, la canguro de turno, o quien quiera que te esté esperando en casa cuando llegas, necesita tiempo para sus cosas y te enchufa delante de la pantalla con la esperanza de que te quedes embobado durante el mayor número de minutos posibles que, en mi caso, eran más bien pocos. Deberían habérselo pensado mejor.

A principios de los noventa, la cadena amiga contrata a Leticia Sabater para amenizar las mañanas y los mediodías de aquel sector de la población al que ella llamaba los compis (en ocasiones, tronquis). Estos espacios, por así decirlo, contaban con diferentes secciones dirigidas a incidir de manera directa en ese deseo puro del compi: desde una sección de aeróbic donde se definía la arquitectura corporal básica de un cuerpo merecedor de deseo, a espacios donde se pautaban los procesos comunicacionales entre algunos de los compis, desde una perspectiva maquinal (el contestador de la Leti) o una Media Naranja entre prepúberes (un espacio llamado Que vivan los compis). Resulta obvio que estas pautas pedagógicas, productoras de saber/placer que apelaban al deseo puro de los compis, estaban veladas por el síndrome-peter-pan del que presumía la conductora de tales espacios, que hacía las veces de intermediaria.

Hay algo de lo que no me he podido deshacer a lo largo de los años, una especie de grito de guerra, que buscaba la interactividad y cohesión de todos nosotros, los compis:
LA LETI: A mediodía...
LOS COMPIS: ¡Alegría!

Hasta aquí todo bien, no hay ningún problema en sentirse alegre y lleno de deseo puro, pero el grito de guerra no acababa ahí. Ah, no. La cosa continuaba:
LA LETI: Y con Palotes®...
LOS COMPIS: ¡Mejor todavía!

Lo que podría pasar como una simple campaña publicitaria dirigida a todos aquellos que nos identificábamos como compis, que no éramos pocos, se me aparece ahora como una pauta más a la hora de gestionar mi deseo. No es más que toda una declaración de intenciones libidinales alrededor del Palote®, ese cilindro de chuchería, rosado, delicioso, que chupabas con pasión antes de ingerir, con un gracioso conejito dibujado en el envoltorio. Y ahí lo que se producía era la colisión de dos conceptos de la jerga callejera: el voy to'palote con el hago lo que me sale del conejo. Porque para los publicistas noventeros, además de cardar el pelo de la Leti, entendían que el conejo era el consumidor ideal del Palote®, que además era rosa, color asociado históricamente, y de manera bastante cansina, a lo femenino... En realidad la Leti estaba consiguiendo que todas las niñas con un futuro conejo activo gritaran que la vida es mucho más alegre con un buen Palote® a mano. Pero ni los publicistas, ni la propia Leti, cuan inteligente era, no se dieron cuenta de que, además de todas aquellas niñas, muchos niños con futuros Palotes® buscando guerra, gritábamos que nos identificábamos como conejos en busca de otro buen Palote® para alegrar nuestros mediodías. El tiro por la culata, nunca mejor dicho. Eso sin contar que las niñas-conejo identificaron el placer de sus Palotes® como tecnologías totalmente desgenitalizadas y ni mucho menos fálicas, y se fueron a jugar con otras compis encontrando Palotes® ergonómicos y con muchas más posibilidades. Y, claro, nos pasábamos todo el día gritando que los compis se diviertían, ¡así!, ¡así!

En definitiva, que la que entendía como practica contrasexual ponerse una calcomanía de una fresa en el ombligo, pasa a ser una figura determinante en el desplazamiento que sufrió mi sexualidad y la de muchos otros compis, que no sabíamos que hacer con tanto deseo puro pero descubrimos la alegría que suponía llevarse un buen
Palote® a la boca.

Que nadie la culpe, que ella sólo quería lo mejor para sus compis.

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