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Me rasco los huevos con más ímpetu de lo normal; ya no es esa picazón ocasional, ahora en el pubis, ahora en perineo, que te atrapa de vez en cuando y que desaparece con un leve y discreto gesto en la redondez de mi entrepierna. El gesto que ahora he de repetir para aliviar el picor insistente es casi obsceno: escurrir mis dedos por debajo de los pantalones, de la ropa interior, abrirme paso entre la pelambrera y quedarme ahí algunos segundos, hincando las uñas en la piel, como queriendo deshacerme de ella. Cualquiera diría que tengo ladillas y por eso los huevos me pican tanto. Mientras mi mano se escabulle entre la ropa por enésima vez, me río ante la imposibilidad de lo pensado, porque, puestos a confesar, ya hace casi un mes que no follo y mi mano, que se ha convertido en mi única compañera de cama, es fiel y de fiar y ni la más leve sombra de sospecha se puede cernir sobre ella. Casi un mes sin follar, y no es que me queje... bueno, en realidad sí que me quejo, porque con algo hay que matar el tiempo y quejarse es una de las actividades más sencillas a pesar de que, a la larga, puede resultar agotadora. He estado a punto de desabrocharme el primer botón de los tejanos que llevo puesto, pero delante mío hay una señora con grandes signos de indignación a causa del protagonismo recién adquirido de mi paquete. Qué le voy a hacer si de repente me pica a los mil demonios. Supongo que de ahí viene el concepto picar cuando en realidad quieres decir que te mueres de ganas por echar un polvo; jamás creí que fuera algo tan literal, pero aquí me ves, dale que dale con las uñas. Y todo porque hace casi un mes que no conozco hombre, que, si lo piensas, tampoco es tanto tiempo y que si ahora me pica tanto es porque tengo la polla mal acostumbrada, como lo de no dar de comer a los gremlins después de medianoche, que se convierten en bestias insaciables. Eso mismo. Y aquí el problema es que todos mis amantes han acabado huyendo: desbandada total. Al segundo encuentro si te he visto ni me acuerdo y yo con cara de póker. En estos casos, tu conciencia te suele avisar y te dice: cuidado con ese que ya sabes a lo que va; pero claro, si tú le contestas: si yo voy a lo mismo... Entonces el aviso sirve de poco. Así que a cada una de mis uñas de la mano derecha, la misma que utilizo para estrechar, rascar y masturbarme, le voy a poner el nombre de uno de esos amantes huidizos porque sí. Sobre todo porque han huido a pesar de. Así, rascarme se convierte en un gesto nuevo, no tanto ofensivo, como para la señora que tengo delante que ahora se cambia de sitio porque no aguanta más verme rascándome los huevos, sino porque aglutina a todos los amantes que han hecho mutis por el fondo. A todos vosotros os dedico mis picores y alguna cosa más. No, no: ni rencor, ni resignación, ni melancolía, ni nada que se le asemeje, sólo un ahora me encojo de hombros mientras intento aguantar un minuto entero sin rascarme. Si en ocasiones me acuerdo de vosotros al hacerme una paja, por qué no os voy a recordar mientras me rasco, si utilizo la misma mano y la coloco en misma zona de mi cuerpo. Sólo desplazo el significado. Porque picar, me pica horrores.

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