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No perdía nada por intentarlo, así que le pedí que viniera a tumbarse en el sofá conmigo. Nunca vino. Al parecer, mi mensaje le llegó tarde y para entonces se había aburrido de mí, o quizás nada de eso, o quizás otras muchas cosas que no sé y que en el fondo no me importan. Pero en ese momento le pedí que viniera a tumbarse en el sofá conmigo, porque era precisamente lo que quería que hiciera.

Le gustaba tirar cosas. La noche en cuestión, tiró una lata vacía, un vaso y una pajita de plástico. Lo hacía mirando al cielo, siguiendo con los ojos el trayecto del proyectil que, con un poco de suerte, caería en cabeza ajena, lo que produciría una sonrisa en sus labios. Después, quiero decir mucho más tarde, se me tiró encima, o yo encima de él. Y qué más da si el orden de los factores altera el producto. El final fue el que fue.

En otra ocasión se puso a jugar con la silicona que unía dos piezas de una estructura. Algo le cayó en el ojo. Le observé frotarse como quien no quiere la cosa, esperando que pusiera una de esas caras que tanto me habían gustado.

Le ofrecía mis cigarrillos y también de mi copa. A veces aceptaba. Otras veces negaba con la cabeza sin mirarme. Yo fingía indiferencia ante el rechazo, a pesar de que siempre he llevado muy mal las negativas. Esperaba unos minutos y volvía a ofrecerle mis cigarrillos y le alcanzaba mi copa, esperando tener suerte.

Si bailaba a mi lado, podía llegar a oler su perfume. Una vez se me escapó en voz alta: Qué bien huele, el cabrón. Miré a todos lados, por si alguien me había oído, pero todo el mundo, incluido él, parecían estar ocupados disfrutando de la música.

YO: ¿Te gusta que te toquen el pelo?
ÉL: Sí.
Acto seguido se quedó dormido en mi hombro.

Disfrutaba mucho cuando me abrazaba y me daba pequeños besos en el cuello. Cuando se despidió hizo precisamente eso. No lo entendí muy bien.

Llevaba la ropa interior de color gris. En aquel momento eso me pareció toda una revelación.

Intentaba darle conversación. Le preguntaba sobre su trabajo, su teléfono móvil, sobre cosas que no tenían demasiada importancia. Él se mostraba inaccesible de manera constante. ¿Qué podía hacer yo?

Jugamos dos veces y saqué mejor puntuación que él en ambas ocasiones, en realidad, quedé en primera posición. Después pensé que a lo mejor hubiera sido buena idea dejarle ganar alguna vez e intentar que así no fuera tan agrio.

Hablábamos sobre él cuando no estaba presente. Cuando le veíamos aparecer, disimulábamos. Creo que lo hicimos bastante bien y él no llegó a darse cuenta. Todos tenían la misma opinión, así que yo sólo asentía con la cabeza.

Luego me fui, pero aproveché el abrazo para tocarle el pelo una última vez.

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