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Imagínese, por un momento, que decido llamarle por teléfono. Imagínese, entonces, que le invito a tomar unas cervezas. Pongamos que (por imaginar que no quede) usted accede a tomarse tales cervezas, a las que nosotros llamaríamos birras, en mi compañía. Quedaríamos a la salida de nuestros respectivos trabajos. Surgiría una duda razonable: ¿sería yo quien le iría a buscar o, por el contrario, vendría a buscarme usted a mi? O quizá, ¿quedaríamos en un punto a medio camino para estar en igualdad de condiciones? Zanjada la cuestión: al encontrarnos, como es normal, nos daríamos los dos besos de rigor durante los cuales yo le agarraría de la nuca con suavidad, como intentando, así, que su cerebro e hipotálamo comenzaran a segregar esos desconocidos liquiditos que me darían ventaja. A partir de ese momento desplegaría toda la parafernalia a la que llamaríamos flirteo o, en un lenguaje más común, tirada de caña. Nada nuevo, ambos sabemos que desde el primer momento en el que hablamos gracias a mi atrevimiento etílico (espero que lo recuerde), mis flirteos y/o tiradas de caña han sido nuestro pan de cada día. ¿Qué diferenciaría, podría usted preguntarse de manera lícita, el flirteo frente a la cerveza del flirteo que viene siendo común en la actitud que proyecto en usted? La aparición de la artillería pesada, por supuesto. Como el primer día de verano, el primer día de playa, y de entre todas las cremas, escoges protección total. Exactamente eso pero en un sentido ofensivo, porque todo flirteo es, en el fondo, una batalla. Por lo tanto: el tiempo en el que agotaríamos la primera cerveza debería hacerle entender que, en realidad, soy más mono de lo que parezco y que abrazarme todo el rato en el fondo tampoco está tan mal; durante la segunda, que precisamente por ser tan diferente a los hombres con los que usted ha decidido compartir algunas hojas del calendario (y a su vez, usted tan diferente a todos mis acompañantes) asegura, como poco, algo completamente nuevo y arriesgado, como la práctica del banjee-jump o el paracaidismo o equilibrios en la cuerda de tender la ropa; durante la tercera, si es que ésta llegara, le prometería algunas cosas de soslayo y a media luz que no puedo revelar aquí y ahora porque algún as debo guardar bajo la manga, pero seguramente mis pies ya habrían tropezado como sin querer con los suyos y mi mano hubiera buscado rozar la suya y quién sabe si al levantarme por no sé qué razón hubiera aprovechado para tocarle de nuevo la nuca y asegurarme de que su cerebro seguía segregando los liquiditos correctos. Y puede que entonces volviera a invitarme a pasar la noche con usted y, con la cabeza más allá que acá por habernos bebido tres cervezas sin haber probado bocado alguno, nos pareciera la mejor de las ideas quedarnos así, muy cerquita el uno del otro por un tiempo indeterminado sin importarnos lo más mínimo las hojas del calendario o las manecillas del reloj.

No sé a usted, pero a mi me parece un buen plan, acaso truncado por el hecho de que jamás llegó a darme su número de teléfono. Necesito, lo sabe usted tan bien como yo, un plan B.

Pero imagíneselo. Imagíneselo y sonría.