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Me sucede que en ocasiones —muchas más de las que nunca he llegado a admitirle— me encuentro preguntándome que sería hoy en día del conjunto él-y-yo si no se hubiera marchado de la ciudad con tanta urgencia. Escribo urgencia, sí, pero no porque la decisión fuera precipitada, apenas unos minutos de reflexión antes de marchar kilómetros y kilómetros en sentido contrario al punto desde donde yo le miraba. Urgente, sí, porque su marcha tuvo lugar apenas siete días después de conocernos. Fueron un par de besos tontos en un rincón oscuro, cerca de un extintor—y no utilizaré el instrumento para hacer metáfora alguna a pesar de lo fácil que resultaría. Siete días y de pronto su ausencia. Utilizamos, entonces, prótesis tecnosentimentales para mantener el conjunto a flote algunos meses. Sus besos cibernéticos me mareaban. Cada noche daba gracias a Dios por las tecnologías. Pero tantos kilómetros, tanta ausencia, qué sé yo lo que pasó. Una vez volvió a la ciudad y se escapó por la puerta de atrás para verme a pesar de los gritos y las malas caras. Llovió mucho. Nos mojamos antes de conseguir un taxi; nada más entrar, nos dimos la mano. Aquella noche conseguimos doblegar el espacio-tiempo a nuestro antojo. También nos saltamos la ley a la torera mientras esperábamos sentados en una pequeña sala en la que cabía apenas un sofá. Hablamos de Duchamp, de la bellota, de chupar pollas mirando a los ojos. Se me pone la piel de gallina y se me ata un nudo en la garganta cuando lo recuerdo, es totalmente verídico. Espero que recuerde que le llevé un bombón. Yo recuerdo que me regaló la mitad. Me dormí mientras le acariciaba la cara. Pero volvió a marcharse, claro: de nuevo las prótesis y los gracias-a-Dios-por-las-tecnologías. Con lo fácil que era sonreírle y emborracharse de su inocencia y hacer miles de planes mentales sin decirle ni una sola palabra, sin tan siquiera teclearla. Podría no entender semejante pataleta, pero el conjunto. Él-y-yo. Sé que ha vuelto un par de veces a la ciudad. Me enteraba tarde y mal, mi teléfono nunca sonaba. A pesar de eso, no siento ni una pizca de rencor. Pero es verdad que en ocasiones —más de las que jamás admitiré— pienso en el conjunto, y en lo que sería si él jamás se hubiera marchado. A veces —muchas— quiero volver a doblegar el espacio-tiempo con él. Se lo digo gracias a las tecnologías 3G. Él siempre me responde. Quizás la culpa sea mía, pues está claro que las calles comienzan a gritar su nombre con tan sólo poner él un pie en ellas. Sólo espero que recuerde como empieza la historia del conjunto: Por fin me ha visto, pensé.

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