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Durante esa época —aunque podría perfectamente escribir ésta y no esa— fumaba mucho, demasiado incluso. Los tigres estaban nerviosos: les oía rugir a menudo en la habitación de al lado o quizás sus garras chocando contra el parqué o el pavimento moviéndose de un lado a otro de manera inquiera. No podía saber cuántos eran. En cierta ocasión llegué a contar cinco: una época difícil, sin lugar a dudas. Lidiar con cinco tigres a los que nunca consigues ver pero que sabes que están ahí no es cosa fácil, resulta agotador. Si fumaba tanto era porque tenía la sensación de que la manada se había multiplicado, y el olor y el nerviosismo cada vez más insoportable. A veces me quedaba incomunicado durante horas en una habitación, sin atreverme a atravesar la puerta, cansado como estaba yo de tanto tigre aquí y allí. Me había mudado varias veces en un intento de huir de ellos, pero es difícil escurrirse y gruñían por entre las rendijas de la puerta para que me diera por enterado: me habían encontrado y siempre acabarían por encontrarme.

Paradojas de la vida, me di cuenta de que un tigre retozaba en la sala contigua leyendo un relato de Cortázar donde, precisamente, una familia se ve sitiada por uno de estos animales y cuyos movimientos delimitan los suyos propios. Sí, el relato acaba con una ingesta humana. Al parecer, el símbolo felino del escritor al que tanto admiro era mucho más universal y cercano de lo que creía, tan cercano que lo tenía a escasos metros. Cortázar tenía sus tigres, yo los míos. ¿Por qué te siguen todos esos tigres?, me pregunto alguien, Vete a saber, respondí, para que no se me olvide que no estoy a salvo, ¿A salvo de qué?, A salvo de todo o de nada, no lo sé.

Una vez, uno de los tigres, que por aquel entonces eran tres—uno de ellos, el cuarto, había desaparecido días antes–, entró en mi dormitorio estando yo dentro. Me despertó la proximidad del gruñido, que se asemejaba a un ronroneo versión hardcore. Me pregunté cómo podía haber entrado si antes de acostarme había asegurado puertas y ventanas. Sea como fuere, no abrí los ojos. No me atreví. No estaba preparado para intercambiar contacto visual directo con ninguno de ellos. Pensaba que si les ignoraba, los tres que restaban acabarían por marcharse también. Pronto caí en la cuenta de que su número variaba según el momento pero que jamás, desde que descubrí su presencia, éste había descendido a cero. Sólo podía tener paciencia.

Recuerdo otra vez, en la calle, el grito de una mujer: ¡Un tigre! Yo sólo pude contestar: Estése tranquila, vienen a por mí. Eso pareció sosegarla.

Con los tigres nunca se sabe. Por eso fumaba tanto... ¿Lo has oído? Acaba de llegar otro.

Cortázar ya podía haberse quedado calladito.

2 comentarios:

Dara Scully dijo...

Yo he aprendido a quererles, aunque a veces rujan hasta lo insoportable.




(sonrisa)

Maria H. Sanchez dijo...

Precioso texto... y tu blog también =) Voy a seguir cotilleando, pero antes de despedirme quería invitarte a mi baúl, por si quieres compartir algún sueño con todos los amigos de Coquette. Te espero!
Hasta pronto ^^