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Cuando el led rojo de mi Blackberry® comenzaba a parpadear, siempre pensaba que era él cuando en realidad no era él. Tan solo spam decepcionante en mi bandeja de entrada. Me arrepentía de tanta subscripción a newsletters varias, que mantenían mi corazón en un puño con tanto parpadeo carmesí. A veces volvía a cerrar los ojos para, cada cinco minutos, abrirlos y comprobar que el led seguía apagado. No perdía la esperanza de que, quizá, él decidiera decirme algo antes de acostarse. No lo hacía. En ocasiones, me quedaba mirando el aparato y llamándolo mentalmente, aferrándome a esa mandanga de que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, convenciéndome de que mi llamada cruzaría la distancia que nos separaba —unas seis paradas de metro— y él no tendría más remedio que escribirme. Esto tampoco sucedía. Me sentía atrapado en un film lleno de adolescentes hiperhormonados, concretamente en la típica escena en la que vemos a la parejita de turno sentados al lado del teléfono, esperando la llamada del otro. Muchas veces yo me levantaba del sofá y gritaba ¿Pero no veis que los dos estáis igual? ¡Que alguien coja el puto teléfono y marque los putos dígitos que fijo os sabéis de memoria! Pero claro, yo no era ningún adolescente hiperhormonado y tenía la sensación de que era el único que observaba el paso del tiempo gracias a la capa de polvo que, poco a poco, se creaba en mi Blackberry®. Otras veces comenzaba a bloquear y desbloquear el teclado del teléfono, con el fin de hacer la espera más amena, pero eso tampoco funcionaba: él seguía mudo como una tumba. Una vez me cansé de esperar y le escribí Ehhh y tardó unas nueve horas en contestarme. No me quedó más remedio que aceptarlo. Después otras veces contestaba en seguida y yo lucía una sonrisa estúpida en la cara durante más tiempo del que jamás admitiré. Intentaba descifrar, sin mucho éxito, su humor en base a los emoticonos que escogía. Eso era toda una hazaña, a pesar de quedarme en absurdas elucubraciones. Una vez hice todo lo posible por permanecer despierto esperando que me contestara. No lo conseguí. Al día siguiente me había ofrecido vernos y a punto estuve de tirarme por la ventana. Creo que, al fin y al cabo, él consiguió que yo viviera de nuevo mis 17 años, y no era tan diferente a los adolescentes hiperhormonados de aquellas pelis ñoñas a más no poder que tanto me gustaban.

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