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Yo no pienso salvar a nadie.
A veces incluso dudo de poder salvarme a mí mismo.

He hecho un cálculo rápido y a todas luces poco riguroso. 588 pastillas. Al ver el resultado en la pantalla de la calculadora he sentido algo. Creo que ha sido decepción. Esperaba haber llegado a las 1000 pastillas. No debería tener prisa. El número 1000 llegará. Y luego 2000. Y luego. Hasta llegar a un número ciertamente desorbitado de pastillas. Cuando la otra noche me preguntaron por qué tomaba tantas pastillas, contesté "Para no morirme". Mi interlocutor no llegó a entenderme del todo. Horas antes de que eso sucediera, recibí un mensaje de texto. "Me he tragado 40 pastillas. Quiero morirme". Uno nunca sabe cómo contestar a ese tipo de mensajes. Pensé que mientras unos toman pastillas para alejar al coco, otros las toman para invitarle a pasar. Otros las toman para olvidar que el coco siempre está presente, como agazapado en un rincón. "Ve al baño. Métete los dedos. Vomítalo todo". Salvación en tres simples pasos. Pero cómo estar seguro de qué quiere decir salvación, o saber de qué quiere ser realmente salvado uno. "La primera vez fueron 30 pastillas y no pasó nada", me escribió. El mes pasado fueron 30 pastillas. Me pregunto si el mes que viene me escribirá para decirme que se ha tomado 50 pastillas porque quiere morirse. Intervalos de 10 pastillas. Hemos incorporado la química a nuestros cuerpos. Ahora sin química no somos nada. Somos cuerpos farmacológicamente alterados.

"¿Cómo te sientes hoy?",  le pregunté al día siguiente.
"Normal", me contestó al cabo de diez minutos.
Me pareció una respuesta de lo más acertada.

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